IMAGEN DE LAFINUR







IMAGEN DE LAFINUR



JORGE LUIS BORGES



(AÑO.-.2008)







Autoridades, señoras, señores:

Yo escribí una parábola cuyo tema era un hombre que se propone dibujar un
universo.
Y ese hombre está ante una larga pared. Nada nos cuesta imaginarla infinita.
Una larga pared blanca. Y ese hombre empieza a dibujar y dibuja anclas,
árboles, peces, naves, martillos, espadas, casas, rostros, leones; sigue
dibujando. Y sigue dibujando todas las cosas del mundo. Y podemos suponer,
nada nos cuesta suponerlo tampoco, que llega a los cien años, y que le es
dado ver esa vasta labor de minucias, ese laberinto de líneas y trazados. Y
luego, en aquel último momento de su vida, él ve con sorpresas que lo que ha
trazado es su propio retrato, su vieja cara.
Ahora esta parábola no es habitual como puede parecer. Podemos decir que
todos los escritores cumplen esa labor, es decir publicamos, escribimos libros,
los publicamos o no, eso no tiene ninguna importancia, pero a la larga lo que
dejamos es nuestra imagen.
Esa imagen puede ser más importante que cada uno de los textos que hemos
escrito. Quizás lo esencial sea dejar una imagen.
Hay escritores desde luego que tratan de dejar una imagen. Podemos pensar
en Byron, en Baudelaire, y esos nos dejen quizás la imagen que han buscado,
porque notamos que quieren dejar esa imagen. Pero si un escritor se abandona
a su obra entonces puede trazar su verdadero rostro, su secreto rostro.
Si pensamos en la historia argentina, vemos que esa historia está poblada de
hombres. No debemos pensar en la historia argentina en términos de fechas.
Las fechas son tristes, de aniversarios, de mármoles, todo eso más o menos
inútil. Lo importante es la imagen que un hombre deja.

En la historia argentina, hay personas atroces, como Juan Manuel de Rosas,
que han dejado una imagen vívida, y otras personas admirables, San Martín
por ejemplo, que han dejado una imagen pálida relativamente. Y hay otros, y
eso es lo más importante, que han dejado una imagen querible, y yo diría que
Juan Crisóstomo Lafinur es de éstos últimos.
Podemos querer a Lafinur a través del vasto espacio de tiempo que nos separa
ya que Lafinur nace, y eso lo saben ustedes, en 1797 y muere en 1824. Ciento
cincuenta años hace. Pero todavía quedan algunos rasgos, y podemos todavía
no admirar -yo creo que la admiración es un error- sino que podemos querer a
Lafinur, lo cual es más importante.
Yo lo he querido siempre, además de los lazos de sangre. Yo soy descendiente
de Carmen Lafinur, hermana de Juan Crisóstomo Lafinur y sobrino de Luis
Melian Lafinur, y en casa yo recuerdo siempre el retrato de Lafinur y recuerdo
algunos versos que mi padre repetía, y casi no puedo repetirlos sin sentir la voz
de mi padre. La Oda a la muerte de Belgrano:

(recitando)

¿Por qué tiembla el sepulcro, y desquiciadas
las sempiternas lozas de repente,
al pálido brillar de las antorchas
los justos y la tierra se conmueven?

Y ahora vienen los versos que importan.

(recitando)

Murió Belgrano ¡Oh, Dios! Así sucede
La tumba al carro, el ay doliente al viva
La pálida azucena a los laureles.

Ahora podría decirse que estas imágenes helénicas y romanas son imágenes
frías, porque tenemos las pálidas antorchas, tenemos luego el carro triunfal, las
azucenas, y los laureles también. Pero todo esto no es frío, todo esto
corresponde a la emoción de un hombre que se expresa naturalmente por
antiguos e ilustres símbolos, que fue el caso de Lafinur, el poeta clásico de
nuestra generación romántica, como dijo Juan María Gutierrez en su libro sobre
Juan Cruz Varela, donde hay tantas páginas dedicadas a Juan Crisóstomo
Lafinur.
Bueno, vamos a ver rápidamente algo sobre su vida.
Los hechos esenciales ustedes los conocen, quizás mejor que yo, que perdí mi
vista el año 1955. No he vuelto a leer sus versos desde entonces, pero hace
unos días pude hojear la biografía de Gez, y recuerdo además algunas
indiscreciones de José Mármol en su novela “Amalia” donde se habla de Juan
Crisóstomo, esa novela olvidada con injusticia que ha fijado, yo creo, nuestra
imagen del tiempo de Rosas.
Cuando decimos el tiempo de Rosas no pensamos en el admirable libro “Rosas
y su tiempo” de Ramos Mejía; no pensamos tampoco en las muchas telas de la
época o en las posteriores. Pensamos en el libro de José Mármol.

Hay algunas indiscreciones que debemos agradecer ya que nos acercan al
hombre en la novela “Amalia” en la que se habla de Lafinur. El doctor Gez no
las tuvo en cuenta, pero qué puede importarnos ahora pensar que Juan
Crisóstomo Lafinur llegó a los 27 años y no siempre fue casto.
Qué importancia puede tener eso, eso lo hace más humano, eso lo acerca a
nosotros y explica además la polémica con el padre Castañeda que ha
dilucidado Arturo Capdevila en el libro “La santa furia y el padre Castañeda”. Y
ahora volvamos a Juan Crisóstomo Lafinur y pensemos en su infancia. En su
infancia en el Valle de La Carolina, que yo visité hace unos años. Recuerdo
como me emocionó el gran portón de piedra y luego la inscripción. “Cuna del
poeta y filósofo Juan Crisóstomo Lafinur” -1797-1824”. Bueno, todo esto me
traía a mi infancia, a los grabados del libro de Gez, a cuentos que yo he vivido
en casa sobre Lafinur, transmitidos así digamos de generación en generación,
y que recordaré alguno ahora.
Por ejemplo este que quiero contar inmediatamente, aunque cronológicamente
no esté en su lugar. El hecho es que Juan Crisóstomo Lafinur conocía a toda la
gente de Córdoba y la gente solía oír el piano. El piano de la sala. Y eso quería
decir que Lafinur había atravesado el zaguán, había atravesado el patio, había
entrado a la sala, y estaba tocando el piano. Lafinur se quedaba tocando el
piano y luego se iba sin decir adiós a nadie, sin haber saludado a nadie, y esa
música era como su saludo, ya que todos sabían que él tenía ese hábito.
Como he dicho, hay tantos años que nos separan de Lafinur. Podemos pensar,
bueno, Lafinur fue argentino, desde luego lo fue, lo fue íntimamente,
entrañablemente, pero lo fue de un modo distinto al nuestro, ya que ahora para
nosotros ser argentino puede ser una pereza, un hábito. Pero entonces la
Patria era algo nuevo, algo discutible, algo que surgía, entonces volvamos otra
vez a las fechas. Lamento tener que hacerlo.
Tenemos en 1816 el Congreso Nacional de Tucumán que es la primera
declaración franca de nuestra Independencia, la decisión de que ya no
queríamos ser más españoles, queríamos ser otra cosa, una cosa que
ignorábamos, una cosa distinta, argentinos, una cosa que existe por obra de
aquellos caballeros que se reunieron en aquella vieja casa de Tucumán.
Pues bien, Lafinur muere en 1824, muere ocho años después, es decir ser
argentino era una cosa nueva. Podemos pensar que se sentía criollo, ya que
había nacido en el Valle de La Carolina, en la provincia de San Luis. La palabra
criollo tenía un sentido distinto entonces. Desde luego no existía el culto del
gaucho que existe ahora y que creo que es un culto erróneo… Es que no
sabemos si Lafinur leyó los poemas del padre de todos los poetas gauchescos,
de Bartolomé Hidalgo, el Oriental.
Recuerdo que Hernández le envió un ejemplar del Martín Fierro a Mitre, y Mitre
en una carta muy conceptuosa como hacía entonces le contestó diciendo
“Hidalgo será siempre su Homero”. Es decir Mitre no ignoraba la raíz de esa
poesía que luego dio poetas muy superiores a Hidalgo: Hilario Ascasubi, el
mismo Hernández, y luego en prosa a Eduardo Gutiérrez.
Pues bien, sin duda Lafinur conoció los poemas gauchescos de Hidalgo y sin
duda, dado sus gustos clásicos y románticos, no le ilusionaron. Los veía
meramente plebeyos, supongo yo.
El culto gaucho no existía, desde luego no se planteaba el problema en los
términos que planteaba Sarmiento después, civilización y barbarie.

No, se trataba más bien de ideas nuevas, y es que llegaban a este perdido
virreinato, a este polvoriento virreinato, llegaban desde Europa.
Y podemos pensar en libros, en libros que circulan de mano en mano, que son
leídos casi en secreto y de esos libros sale la Patria y entre esos libros, la obra
de este Condillac, vertido al español recientemente, sobre el conocimiento al
hablar de la filosofía de Lafinur, ya que Lafinur fue, según sabemos, filósofo. Ha
dejado un tratado de ideología que ha publicado hace poco la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y luego poeta. Ha dejado
aquel hermoso poema a “La rosa” y luego el gran poema a Belgrano, su amigo
personal, que muere en 1820.
Tenemos también su obra -yo no pudo decir nada de ella- su obra musical.
Es decir, música, poesía y filosofía, esas tres cosas fueron caras a Juan
Crisóstomo Lafinur. Si no pensamos en esas tres cosas estamos alejándonos
de él. Esas cosas fueron lo íntimo de su vida. Esas cosas ocuparon casi todas
sus horas. A él sin duda le agrada que lo recuerden como pensador, como
discípulo de Condillac, como lejano discípulo de Locke, como hombre que está
en contra de las enseñanzas escolásticas y que lo pensemos como poeta y
como músico también.
Y luego no se porqué algo me lleva a esas dos fechas, 1797-1824 y decir que
Lafinur muere a los 27 años. Lafinur muere alejándose de nosotros, pensemos
en los 29 años de Keats, pensemos que los dioses se llevan a quienes quieren,
pensemos que de Lafinur apenas conocemos unas posibilidades y esas
posibilidades bastan. Aquí quiero recordar a un poeta, a un gran poeta, Walt
Whitman que dice en las primeras páginas de su libro Hojas de hierbas: “Leí el
libro, la famosa biografía, y pensé, y esto es lo que un hombre llama la vida de
un hombre? Eso dirán sobre mí cuando yo haya muerto, con nombres propios y
con fechas”. Y luego agrega -y esto viene a ser la esencia- “yo pienso que se
muy poco acerca de mi propia vida y dejo algunas indicaciones y para saber
quién he sido, para conocer mi propia vida, he escrito este libro”.
Ahora cada uno de nosotros podría decir lo mismo. Sabemos muy poco de
nuestra vida! ¿Qué es nuestra vida para Dios? ¿Quiénes somos para Dios? Si
es que existe Dios. ¿Quiénes somos íntimamente? Un nombre no nos dice
nada. ¿Qué significa decir yo soy Borges? Nada, absolutamente. Hay algo más
íntimo más allá del nombre. ¿Cual es nuestro secreto nombre ante Dios?
Carlyle llegó a la hipótesis, que le hubiera gustado a Lafinur, que todo el mundo
es una escritura sagrada, que el proceso de la historia es una escritura. Dice
Carlyle una frase que siempre me ha impresionado, “que estamos obligados a
leer y escribir”. Y ahora viene el escalofrío “y en la que también nos escriben;
también somos letras de esa misteriosa criptografía de Dios”. Somos signos
también. Qué otra cosa podríamos ser sino símbolos, es decir símbolos de algo
eterno, ese algo transitorio que es el tiempo y aquí, esta mañana, podemos
decir aquella frase de Platón “el tiempo es la imagen noble de la eternidad”.
Qué seguro se sentía Platón de la eternidad cuando contraponía el tiempo
fugitivo, el tiempo en que estoy deshaciéndome y desvaneciéndome en la
eternidad, en la perdurable eternidad.
Bueno, pensemos en Lafinur otra vez y pensemos en lo que significó la
Revolución de Mayo para él y la Declaración de la Independencia. Todo aquello
que vemos de algún modo muerto, pensamos en estatuas, en exámenes, en
libros de historia, etc. Pero todo aquello es algo contemporáneo. Nosotros
somos parte de la historia argentina. Es absurdo suponer que la historia

argentina ha cesado; nosotros somos personajes históricos, cada momento de
nuestra vida es histórico, aunque no sea especialmente ilustre. La historia es el
tiempo y el tiempo es la materia de la que estamos tejidos, de la que estamos
hechos los hombres. No hay otra cosa.
¿Pues que había ocurrido? Habían llegado libros a Buenos Aires. Había
llegado, por ejemplo, un libro de Condillac, que fue un libro de cabecera de
Lafinur. Habían llegado otros que trataban de hacer algo, que trataban de
modificar todo, no simplemente una cuestión de nacionalidades, era más
profundo y así Lafinur dictó sus clases de ideología, de gnoseología, de estudio
del conocimiento.
En la vida de Lafinur tenemos un hecho, un hecho sin duda de índole trágico,
por lo menos patético, que no se ha insistido sobre él y ese hecho es que su
padre Luis Lafinur fue partidario de la Monarquía. Era partidario de España, él
era un oficial español, había nacido en Pamplona, en Navarro. El nombre
Lafinur no es un nombre español, no existe ese nombre, es una corrupción
española del apellido “lefaneur”, un apellido belga, muy común entre los
belgas-franceses y que luego fue deformado en Lafinur, ciertamente más
eufónico.
El padre de Lafinur fue un distinguido militar español, que había guerreado en
la margen oriental del Plata contra los contrabandistas, los indios, y los
gauchos posiblemente. Y luego participó en la rebelión de Tupac Amarú. Era
un militar español y le dieron la administración de las Minas de La Carolina. Yo
estuve en las Minas de La Carolina y recuerdo como me emocionó aquel
portón con aquel apellido que era también el tiempo y luego el puente, y luego
el río, el cual sabía yo que había oro y plata, y la mina, y toda esa alta soledad
que enamoró a Lafinur donde un poema suyo habla, dice que está lejos de las
brisas de La Carolina.
A él le gustaba ser el hijo de La Carolina, a él le gustaba recordar esa región, la
recordó en Córdoba, en Mendoza, en Buenos Aires y finalmente la recordó en
Chile. Bueno, Lafinur elige la carrera de las armas y conoce lo más triste del
destino del soldado que es la víspera de la batalla, la batalla que no llega
nunca, la batalla deseada. Estuvo muchos años en el ejército y luego lo
abandonó; se dio cuenta que su regimiento no sería enviado a la línea de fuego
y luego se hizo amigo de Varela y lo llamó “espejo de cuerpo entero”, ya que
usaba una túnica, una sotana brillante. Cambiaron bromas entre los dos y
luego tenemos a Lafinur con sus estudios en Córdoba, en el Colegio Monserrat
y luego lo tenemos en Buenos Aires enseñando filosofía ¿Enseñando qué?
Enseñando la doctrina sensualista, la doctrina de Locke y de su discípulo
Condillac que la exagera hasta simplificarla.
Por eso voy a detenerme ahora en la doctrina de Condillac y no en la de Locke
demasiado larga y compleja. Locke no fue tan lejos como Condillac. Locke
decía por ejemplo que el estaba más seguro de la existencia de Dios que de la
existencia del mundo externo y que en el más allá de la prueba histórica y
cosmológica, que en él estaba la convicción que existía Dios. Y Lafinur también
tuvo esa convicción, aunque lo acusaron injustamente de propagar el ateísmo.
Digamos que Lafinur más allá de la mitología cristiana fue más bien un deísta,
él creía en Dios como creía Voltaire. Yo he visto en Suiza una pequeña capilla
erigida por Voltaire, con la inscripción “Voltaire erigió esta Iglesia Capilla para
Dios”. Voltaire vio que había tantas iglesias a santos y a vírgenes, y ninguna a
Dios, que decidió erigir la primer iglesia a Dios. Y Voltaire fue uno de los

maestros de Lafinur, según sabemos. Y ahora tenemos a Lafinur en Buenos
Aires, y Buenos Aires desde luego es una ciudad menos culta que Cordoba.
Están los Pinedo, los Ocampo, Saez Valiente, todos esos son apellidos
portugueses. Y está también el apellido de mi madre Acevedo, también judío
portugués. Es decir, en Buenos Aires había un ambiente distinto del ambiente
de Córdoba, especialmente por ser menos tradicional. He leído, en el mismo
libro de Ramos Mejía que los mismos virreyes españoles no usaban sus títulos
en Buenos Aires porque sabían que se exponían a una broma, al ridículo. En la
ciudad de algún modo democrática, o mejor dicho burguesa, civil, tenía eso que
tenían los puertos, el hecho de que hay mucha gente extranjera, eso tiene que
haber sido una de las causas de la Revolución de Mayo. Esa agitación de
ideas, el hecho que la ciudad no fuera tradicional, creo que es importante el
hecho que la Revolución nazca en Buenos Aires y no en Córdoba, o en Lima o
en México. No, la Revolución nace precisamente en un puerto, en el lugar más
abierto a la afluencia de extranjeros y después del impulso que nos dieron las
invasiones inglesas cuando las autoridades españolas huyeron y el pueblo de
Buenos Aires, capitaneado por Liniers, de quien después hablaremos, fue el
que defendió dos veces la Patria contra los invasores ingleses y los obligó a
rendirse.
Tenemos este hecho importante. Y el nombre de Liniers que es importante
también ya que Luis Lafinur, el padre de Juan Crisóstomo Lafinur fue el
secretario de la Junta Antirrevolucionaria, de la junta española que se
constituyó en Córdoba. Y nos ha dejado esa palabra “Clamor” que ahora sigue
resonando en la historia: Alzaga, Liniers y en la que no figura el nombre de
Lafinur.
Y es un hecho significativo. Se piensa ahora que es divergencia generacional
es algo típico, la verdad que siempre existió, y hay una frase muy linda del
filósofo judeo alemán Magner que dice”como todos los hombres, comprendió
que le había tocado vivir una época de transición”.
Todo es una época de transición, el tiempo es una transición, no hay otras
épocas. Todo hombre piensa en el pasado como algo quieto y quizá pueda
pensar en el porvenir también como una utopía o algo terrible. Lo cierto es que
a él le toca vivir en el tiempo y la verdad es que el tiempo es transición. El
tiempo es esa nube sustancia de que estamos hechos. Pensemos en Heráclito.
Heráclito que dice” nadie baja dos veces al mismo río”, dirige admirablemente
la metáfora de río, lo que el río sugiere a lo que fluye, a lo que fluye como el
tiempo. En cambio si Heráclito hubiese dicho nadie abre dos veces la misma
puerta, no hubiera dicho nada, porque la puerta es maciza. En cambio nadie
baja dos veces al mismo río, el río fluye y después de haber leído esta frase y
haber comprendido que el río no es el mismo o que las gotas de agua cambian,
comprendimos con una suerte de horror inicial que nosotros también somos el
río, que nosotros estamos fluyendo como el río.
Pues bien, a Lafinur le tocó sentir eso. El, partidario de la Revolución, partidario
de lo que es ahora la República Argentina y antes fue el Estado argentino,
partidario de que todas las cosas se renovaran en ese polvoriento virreinato
que fue el nuestro. Y su padre, amigo de Liniers, fue partidario del antiguo
estado de cosas. Todo eso tiene que haberlo tocado a Lafinur. Y es una lástima
que Gez en su libro, en su libro que agradezco, no se haya detenido en ese
aspecto de la vida de Lafinur. Lo que debió haber significado saber que su
padre militaba en la otra causa, había conspirado contra lo que él quería,

contra lo que ahora es la República, la Patria. En cambio su padre, un militar
español, debió ser leal al rey, a las ideas viejas.
Lafinur se traslada a Córdoba, luego a Buenos Aires y dicta su curso por el que
fue tan atacado por el padre Castañeda.
¿Cuál era la doctrina que Lafinur defendió? Creo que puedo resumirlo en pocas
palabras. Se llamaba sensualismo o sensacionalismo. Digamos sensualismo y
esa palabra se presta a diversas interpretaciones. Yo creo que sensualismo
significa simplemente lo que dice aquella vieja sentencia “lo que está en la
inteligencia estuvo en los sentidos” lo mismo que “salvo en la misma
inteligencia”. Y esto nos lleva a dos teorías que interesaron mucho a Lafinur, la
doctrina del origen del conocimiento, del origen de las ideas. Y empecemos por
la más extraña de todas, la doctrina platónica que podemos formularla de dos
modos. Podemos decir que es la doctrina de las ideas innatas, esa la que dice
que el hombre nace con ciertas ideas. Y luego tenemos la otra doctrina de que
todo nos llega por los sentidos.
Y empecemos por la primera que es la más extraña y por ende la más
interesante de las dos. Tenemos que distinguir entre el mito y los
razonamientos, lo cual es difícil ya que cuando Platón escribe su obra el
hombre podía pensar en dos planos. Ahora sólo podemos pensar de un modo
o de otro. Podemos pensar en forma de mitos, de fábulas, en lo que es el poeta
o el novelista y podemos pensar en forma de razonamientos, que es lo que
hace el lógico, el psicólogo. Pero cinco siglos antes de la era cristiana podía
pensarse simultáneamente de los dos modos, y esto lo vemos en aquel
admirable diálogo de Platón en el que se cuenta la última tarde de Sócrates, la
tarde de la cicuta. Y ahí vemos a Sócrates que está discutiendo algo que no es
un problema abstracto, es algo que le toca de cerca, la inmortalidad del alma,
“ya dentro de poco, antes que sea de noche, el habrá bebido la cicuta y estará
muerto”. El habla con sus amigos de la inmortalidad del alma. Y entonces ¿que
método usa? Usa los dos. A veces usa el mito, habla por ejemplo de Ulises, de
quien decía que es un hombre ignorado, habla de Orfeo, de que él es un cisne,
de Pitágoras, y luego vuelve al razonamiento. Se podía pensar en los dos
planos al mismo tiempo, se podía pensar en el mito, y en forma de ideas. En
cambio ahora sólo podemos pensar de un modo o de otro.
Pues bien, según el mito platónico, todos antes de nacer habíamos pasado por
lo que Mallarmé llama “el cielo anterior donde florece la belleza” y ese cielo es
el de los arquetipos. Voy a explicarlo de un modo claro. Nosotros según la
escuela, según la explicación que eligió Lafinur, nosotros llegamos a la idea de
lo amarillo porque hemos visto muchas cosas amarillas. Hemos visto, por
ejemplo, el azufre, hemos visto la luna. O llegamos a la idea de lo rojo porque
hemos visto muchas cosas rojas; hemos visto la sangre, hemos visto el coral.
O llegamos a la idea de lo blanco porque hemos visto el arroz, el marfil, la luna
también es blanca, la nieve, el papel. Y luego resolvemos distraernos de la
diferencia que hay entre esos matices de blanco y llamar a esos colores
blanco, aunque el color del arroz no es el color de la luna, o el color de la nieve
o el de la piel humana.
Resolvemos ignorar esas diferencias y fijarnos en lo que tienen en común.
Ahora bien, según la escuela platónica, ocurre lo contrario. Nosotros en el cielo
anterior hemos visto la idea de lo blanco, lo amarillo, lo rojo, del bien y otras
cosas difíciles de concebir. Por ejemplo la idea del triángulo, el triángulo que no
es equilátero, ni isósceles ni escaleno. Es decir que no tiene ni tres lados

iguales, ni dos lados iguales, ni tres lados distintos, pero que es todas esas
cosas a la vez. Hemos visto el triángulo absoluto, el inconcebible triángulo
absoluto. Luego nacemos en este mundo, entonces vamos reconociendo las
cosas porque ya las hemos visto en la vida anterior, y esto sería una
explicación mítica del concepto de las ideas innatas. Y así llegamos a la
doctrina de Platón que dice que aprender es recordar. Ya sabemos todo,
cuando nos enseñan algo ya lo sabíamos, lo habíamos olvidado, simplemente.
A lo que Beccko, otro de los maestros de Lafinur, agregó “que suerte que
ignorar es haber olvidado”.
Ahora en lo que se refiere a las matemáticas es indudable que nuestro
conocimiento no es empírico. Por ejemplo, si hemos entendido que siete y
cuatro son once, no necesitamos hacer la prueba con piezas de ajedrez, con
monedas, con discos, con fichas, con muebles. Ya entendimos que siete y
cuatro son once. A lo que Rosen contesta que esa frase se explica porque siete
y cuatro son tautología de once, lo mismo decir siete y cuatro que decir once. O
sea que sobre ese conocimiento intuitivo se basan todas las matemáticas. Es
una tautología inmensa.
Condillac supone lo contrario. Supone que todo nos ha llegado por la
experiencia. Y todos tendemos a suponer eso. Salvo en el caso de las
matemáticas en el cual las cosas no nos llegan por la experiencia.
En el caso de la lógica, si yo digo que dos cosas iguales y una tercera son
iguales entre sí, todos lo entendemos inmediatamente. No es necesario
ensayar ejemplos. En el caso de las matemáticas también. Todos entendemos
que significa la sigla natural de los números, y no es dada la sigla natural
1,2,3,4,5,6,7,8,9…si está dada toda la aritmética, toda el álgebra, todo ese
edificio cristalino y vasto de las matemáticas. Todo está dado en esa noción de
que hay números sucesivos, lo demás son juegos hechos con esa noción, y así
no precisamos la experiencia.
En cambio en el caso de otras ciencias la experiencia es necesaria. Por
ejemplo nadie antes de Dufeau podía decir que los animales en América eran
más chicos que en otros países. Ya que no se conocía el ñandú, que es más
chico que el avestruz, el jaguar que es más chico que el tigre, la llama que es
más chica que el dromedario. Todo eso es obra del conocimiento. Según la
doctrina de Condillac todo nos llega por los sentidos, y Condillac que además
de ser un filósofo, muchas veces falible, tuvo una gran imaginación. Imaginó
una estatua, una estatua que ya pertenece para siempre a la estética. Una
estatua hecha como un hombre, una estatua con los órganos de un hombre. Y
en esa estatua hay algo, una mente, pero esa mente es una fábula rasa, una
página en blanco, que luego va recibiendo sensaciones. Y él empieza con las
más tenues, las menos importantes para nosotros. Con el olfato; a la estatua le
acercan una rosa, y la estatua huele la rosa, y sabe que esa fragancia es
agradable. Y luego le acercan un cadáver, y la estatua lo huele y siente que
ese olor es fétido. Y luego, según Condillac, ya tenemos todo el proceso.
Porque una vez que la estatua ha dejado de oler la rosa y oler el muerto, queda
una impresión más tenue. Esa impresión sería la memoria. Y luego puede
comparar las cosas sensaciones. Puede pensar que le agrada la rosa y le
desagrada el cadáver, aunque no sabe que son rosa y son cadáver, pero sí lo
juzga con el olfato.
Y luego tenemos ya la elección, y luego la estatua puede querer volver a oler la
rosa, y tenemos la voluntad. Para Condillac todas las facultades del alma son

simples sensaciones transformadas. Ahora Locke no fue tan lejos y Lafinur
enseñó una variante de su doctrina en su cátedra de filosofía en Buenos Aires.
Ahora naturalmente como esa doctrina se llama sensualismo, porque todo nos
llega a través de los sentidos, y la mente está constituida simplemente por
sensaciones transformadas, naturalmente esa mente se prestaba a los ataques
más burdos, se dijo que Lafinur enseñaba sensualidad a los alumnos. No tiene
nada que ver, este es un juego de palabra. De ahí que fuera atacado. En el
libro de Capdevila, en el libro de Gez también, se conservan los sonetos
cambiados del padre Castañeda, de Lafinur y de Juan Cruz Varela acerca de
eso. Lo cierto es que Lafinur enseñó una filosofía contraria a la enseñanza
escolástica. Desde luego la enseñanza escolástica no había sido tan severa,
pero Lafinur ataca quizá menos a Aristóteles que a la imagen que tenía
Aristóteles entonces. Y tuvo que abandonar su cátedra, urgido, según nos
dicen, por los jesuitas.
El abandona su cátedra, según el libro de Gez, y el libro de Capdevila, y luego
tuvo que trasladarse a Córdoba. Y en Córdoba también tuvo que abandonar su
cátedra. Luego se fue a Mendoza donde fundó un periódico. También tuvo que
abandonar Mendoza y luego se fue a Chile. Es decir este hombre tuvo un
destino parecido al de Almafuerte. Almafuerte fundaba, y no tenía ningún
derecho oficial a hacerlo, fundaba escuelas en la provincia de Buenos Aires. Y
luego tenía que abandonarlas cuando se descubría que carecía de título
habilitante y fundaba otra escuela en otro lugar. Fue una especie de pedagogo
vagabundo. Y Lafinur también tuvo que pasar de Buenos Aires a Córdoba, de
allí a Mendoza, y luego a Chile. En Chile resolvió estudiar abogacía y se casa
con la chilena Eulogia Nieto, y muere poco después en una caída violenta de
caballo cerca de la cordillera.
Y así concluye Lafinur a los veintisiete años. Estamos recordándolo ahora en
1976 y ha dejado esa figura que ya he dicho, esa imagen suya querible en la
historia argentina. Hay tan poca gente querible en el pasado, hay tanta gente
admirable, tanta gente digna de estatuas, de aniversarios, de protocolos, de
ceremonias oficiales.
Yo he hablado de Lafinur acercándome y alejándome para acercarlo a ustedes,
que sin duda quizá lo conozcan más que yo, y crece algo sobre su figura física.
¿Qué cuerpo habitó Lafinur en la tierra?
Sabemos por el testimonio de Luis Melián Lafinur, mi tío, que Lafinur era un
hombre alto, pálido, moreno, muy buen mozo, altivo, que solía ser tímido y que
tenía los ojos azules. Sabemos de su amor por la música. Todo eso nos ha
llegado a través de José Mármol. Todo eso hace que podamos querer a
Lafinur. Y además creo que debemos pensar en Lafinur no como una figura
histórica, lo cual es triste –a nadie le gusta ser histórico- sino como un
contemporáneo. Desde luego no le tocó a él aquella guerra de la civilización y
la barbarie, pero él desde luego sostuvo la causa primordial, la causa de la
cultura occidental, la causa del pensamiento filosófico, y es lo que estamos
estudiando ahora.
De algún modo Lafinur es nuestro contemporáneo, y así yo al hablar de él no
estoy hablando de mi tío bisabuelo, no estoy hablando del hermano de aquella
Carmen Lafinur que fue madre del Coronel Borges. No, estoy hablando de un
amigo nuestro. Y estoy seguro que él anda por aquí de algún modo. Me parece
muy raro que él no sepa que estoy hablando de él. Que yo he estado
discutiendo aquel problema que tanto le interesaba a él: el origen del

conocimiento, que seguramente provenía de las sensaciones y no de las ideas
innatas o arquetipos platónicos. Estamos hablando de él, él está ausente en
este momento, o quizá no lo esté. Pero yo lo siento como un amigo, siento que
Lafinur está oyendo mis palabras, está sintiéndonos a todos nosotros. Está
aquí con nosotros.

Muchas gracias.

(aplausos prolongados)


*** FIN ***