LAS POSTAS DEL CAMINO REAL EN SAN LUIS “RELATOS DE VIAJEROS”...

LAS POSTAS
DEL CAMINO REAL
EN SAN LUIS

“RELATOS DE VIAJEROS”



DE SUSANA PÉREZ GUTIÉRREZ DE SÁNCHEZ
VACCA



(AÑO 1998)


ÍNDICE


PREFACIO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
INTRODUCCIÓN. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4
El Camino Real y las casas de posta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4
CAPITULO I. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6
John Miers (año 1819). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6
Río Desaguadero. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .14
Descripción de la balsa y modo de cruzar el río. . . . . . . . . 14
CAPÍTULO I . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16
Peter Schmidtmeyer (año 1820). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16
Descripción del suelo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .18
Partida del portezuelo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .18
San Luis. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
CAPÍTULO I I. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .21
Francis Bond Head (año 1825). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
Modos de viajar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
Rumbo a la ciudad de San Luis . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .25
Viaje a La Carolina. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .27
En la posta de Desaguadero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28
CAPÍTULO IV . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33

Samuel Haigh (año 1829). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .33
CAPITULO V . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .37
Samuel Greene Arnold (año 1848). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37
Rumbo al pacífico. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39
“Un pueblo luchador” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .40
San Luis, la bel a. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
En marcha otra vez. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 42
CAPÍTULO VI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43
León Pal iere (año 1858). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .43
CAPÍTULO VI . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .49
Santiago de Estrada (año 1862). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
Un fogón en San Luis. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 50
CONCLUSIÓN. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .53
































PREFACIO



Manifiesta la provincia de San Luis una historia fascinante: basta saber mirar

para encontrar escenas l enas de color local. En el desarrol o de esa historia hubo
características muy fuertes, perfiles muy auténticos y acendradas costumbres,
originados en el seno de un recio y subyugante paisaje.

Muy poco se conserva de esos testimonios que definen la identidad de la

provincia. Tenemos así, la obra de grandes historiadores –formados por las normas
clásicas de encarar el proceso político-, como Juan W. Gez, Fray Saldaña Retamar,
Víctor Saá, Urbano J. Nuñez, Reynaldo Pastor, Laureano Landaburu, Hugo
Fourcade, Néstor P. Menéndez, Rodolfo S. Fol ari, entre otros. Encontramos en el
Archivo Histórico importantes colecciones de documentos oficiales, que pueden
ofrecernos valiosos datos e información sobre hechos pasados.

Pero carecemos del libro de “memorias” que nos acerque a la época y el ambiente

en que vivió el hombre; que nos narre los usos y hábitos que nos transporten a la
vieja provincia de San Luis. Nos hace falta encontrarnos detrás de una reja o en un
patio con jazmines y volver a sentir el olor de los braseros e imaginar qué ocurrió en
ese caserón, quién vivió, por qué fue construido, quién presenció su decadencia.

Buscamos el libro que nos conduzca a los campos, donde todavía hoy se

conservan tradicionales formas de ser.

Afortunadamente para nosotros han quedado testimonios, restos de ese elemento

histórico en escritores como Nicolás Jofré, Gilberto Sosa Loyola, Carmen Guiñazú de
Berrondo, Dora Ochoa de Masramón, María Delia Gatica de Montiveros, Jesús
Liberato Tobares, Berta Elena Vidal de Batín, Felipe Velásquez, Carmen Quiroga de
Chena, entre otros. Los jirones de esa historia cotidiana los encontramos diseminados
en archivos, en fotografías antiguas, en colecciones de diarios y revistas y
especialmente en libros de viajeros que cruzaron la provincia durante buena parte del
siglo pasado.

Es por todo el o que en esta obra he querido revalorar y recordar a algunos

viajeros que dejaron testimonio de sus vivencias al cruzar San Luis. Invito
especialmente a los lectores que se animen a hacer el recor ido por el “Camino
Real”, esa senda totalmente borrada y enterrada al igual que las historias cotidianas
de nuestra provincia.

La mayoría de los autores que comentamos en esta obra son extranjeros pues

consideramos que han podido efectuar su observación desde una óptica especial,
propia de quien hal a novedoso todo lo que ve y experimenta.

Se advierte también que se trata de una selección de autores efectuada desde una

perspectiva muy personal. Estos antiguos escritos me impresionaron particularmente
y desde entonces me he dedicado a coleccionarlo, compartiendo ese placer con mi
marido. Valoro de el os la observación minuciosa y aguda de costumbres, lugares,

tipos y caracteres, la capacidad de comprensión o la perplejidad ante momentos de la
vida de nuestros comprovincianos del siglo pasado.

El lector por sí mismo apreciará aún sin estas notas aclaratorias el propósito de

este trabajo. Espero que tampoco sea necesario remarcar que al realizarlo me he
sentido animada por un sentimiento muy claro de amor a mi provincia.



Susana Pérez Gutiérrez de Sánchez Vacca
Vil a Mercedes, octubre de 1994
INTRODUCCIÓN

El Camino Real y las casas de posta

No exagera Pablo Rojas Paz al afirmar que todo en la pampa era más peligroso

que en el mar. No en vano las car etas, los arreos y las diligencias hacían los viajes
en crucero, formando “tropas”. Las distancias enormes entre un poblado y otro, la
falta de animales de repuestos y las inclemencias del tiempo hacían de cada viaje una
aventura digna de admiración.

El comercio y el intercambio entre las distintas regiones, además del tránsito de

pasajeros hacían ineludible el paso por estos desolados territorios. Es por esto que el
sistema de posta fue el único recurso que pudo vencer los rigores de la ruta trazada a
través de la pampa interminable y brindar un servicio invalorable de asistencia y
refugio. La provincia de San Luis contaba –en el lapso comprendido entre 1819
y1862- con unas seis casas de posta (a veces más), distribuidas sobre el camino Real
que atravesaba su territorio.

Para quien emprendía la marcha en dirección este-oeste la primer casa de posta

que encontraba al ingresar a territorio puntano, era la de Portezuelo. Dice John
Miers en su obra “Viaje al plata 1819/1824” de esta posta: “Al descender del coche
caminamos entre bloques desprendidos de las rocas y descubrimos al í dos rústicos
ranchos sumamente miserables, algunos durazneros, grandes plantas de cactus,
tierra y unos cuantos arbustos (…) La lujuria y el verdor del fol aje contrastan con
las masas rocosas, diseminadas y destruidas por el tiempo, la miseria de los ranchos y
el aspecto triste de los habitantes de este hermoso lugar abrigado”.

Distante siete leguas de El Portezuelo se encontraba la siguiente posta. “Durante

un corto trecho –dice Miers- se sigue hacia el sur, luego se asciende en dirección
occidental por la cadena de montañas sobre la cual se desarrol a todo el camino hasta
El Morro”. Este último es el pico de mayor altura de la cadena. “Próxima a la punta
meridional del mismo está situada la posta del Morro”.


La siguiente posta, distante doce leguas, es la de Río Quinto. Se parte en dirección
sud-oeste sobre una superficie ondulada. Se cruza luego una franja densamente
poblada de algarrobos, mimosas, espinil os, chañares, talas y otros árboles espinosos.
Esta franja se extiende por espacio de una legua después de la cual se abandona la
cadena del Morro para entrar una vez más en el terreno l ano de la pampa. “El pasto
es duro y seco, interrumpido por chañares chicos. En el horizonte hacia el norte se
distinguen muy claramente dos montañas aisladas”, anota Miers.

La marcha continua hacia el sud-oeste. Al aproximarse al Río V el suelo aparece

menos cubierto de pasto, más salitroso y arenoso. Las márgenes del río son muy
arenosas; el lecho es muy amplio con pequeñas corrientes, no muy profundo.
Vadeando la corriente y a cierta distancia de la margen opuesta está la Posta del Río
Quinto.

Como vemos, la soledad era la persistente compañera del hombre que se lanzaba

a desafiar esas vastedades. El camino trazado en la tierra, borrado por el viento, las
l uvias o la sequía, sólo era conocido por la intuición de ciertos seres privilegiados,
los baqueanos, que los l evaban en el secreto de sus mentes prodigiosas.

Después de 1830 mejoraron sensiblemente las condiciones y se comenzó a viajar

con cierta rapidez: había cabal os de repuesto en las postas, y éstas permitían la
posibilidad de andar todo el día y encontrar por la noche un lugar para descansar.
Comenzaba así el placer de viajar.

Rumbo a Mendoza


A siete leguas de la ciudad de San Luis se encuentra la quinta posta dentro del

ter itorio provincial: es la de la Represa o Laguna de los Chorril os. Samuel Haigh -
otro de los viajeros cuyas impresiones han l egado hasta nuestros días- refiere que “se
l egaba a el a por una huel a muy mala, en parte sumamente arenosa, en otras
pantanosas, que seguía siempre la dirección oeste”.

La descripción del edificio de la casa de posta no difiere de las descriptas

anteriormente: se trata de una cabaña miserable y una pulpería recién construida
con adobes. “La tier a es aquí muy salitrosa, tanto que los adobes están en constante
eflorescencia y se deshacen con rapidez”, observa el inglés.

El paraje recibe el nombre de La Represa debido a la presencia de un gran lago

de agua dulce formado gracias a un terraplén.

La siguiente posta, ubicada a cincuenta mil as al oeste, es la de Desaguadero, que

toma el nombre del río homónimo. Peter Schmidtmeyer lo refiere así: “cruzamos el
desierto que es un terreno ascendente sin agua alguna excepto un tenue manantial, a
veces seco, a mitad de camino, y después de descender el suave declive occidental de
este lugar, arribamos a la casa de posta de Desaguadero: una vivienda miserable,
donde un asador de madera con un trozo de carne asada suplió la falta de platos.
Cerca de los ranchos pasa el río con un poco de agua que en su mayor parte está
cubierto con juncos y habitada por patos salvajes, gansos y cisnes”.


El relato de los viajeros que vamos a comentar adquiere un ritmo similar al de sus
vehículos o cabalgaduras, y es el ámbito geográfico que hemos descripto
suscintamente –el del Camino Real- el que será transitado una y otra vez en las
páginas siguientes.



CAPITULO I

John Miers (año 1819)

Jhon Miers es uno, entre los muchos ciudadanos ingleses que,
particularmente durante el siglo XIX, movidos por las más dispares razones,
llegaron a estas tierras.

Constituyen sus apuntes un repositorio permanente donde busca el detalle,
muchas veces complementario y otras sencillamente curioso, de las
condiciones de vida, las modalidades, los hábitos de nuestros antepasados.

A los 30 años Miers andaba por estos mundos tal vez tras una fantasía que
nunca habría de concretarse: la fortuna tal vez lo más probable, la curiosidad
propia de su espíritu de investigador.

Miers pasó por Buenos Aires en 1819 rumbo a Chile. Cruzó la pampa y la
cordillera. Durante su viaje por estas tierras tuvo infinidad de contratiempos que
fue minuciosamente anotando, además contribuyó en gran medida al
conocimiento de la flora de Argentina y Brasil.

Pero no hay duda que ningún episodio de sus accidentadas andanzas pudo
matar en él su espíritu de observación. Fue un inglés culto, muy crítico y
también falto de humor, duro en sus apreciaciones acerca de episodios y
personas que la historia ha engrandecido; por ello ha quedado postergado y
talvez esa sea la razón por la cual se lo conoce tan poco en nuestro país. De
494 páginas que componen su primer libro, 360 están dedicadas a la Argentina
y dos capítulos dedicadas a San Luis, su fauna, su flora y sus hombres.

John Miers hizo varios viajes entre los años 1819 y 1825, lo que dió margen
a su libro “Travels in to Chile overs the Andes”, aparecido en 1826.

Conoció en Mendoza al general San Martín y aquí en San Luis a Dupuy.
Posteriormente el gobierno nacional lo contrata para instalar en Buenos Aires la
maquinaria de acuñar monedas.

Miers hizo el viaje en compañía de su mujer y del doctor Mr. Thomas
Leighton, médico contratado para prestar servicios en la Armada Chilena, quien
atendió a la esposa de Miers al tener ésta su hijo, en circunstancias que explica
a través del libro.


Contar la extensa vida de John Miers demandaría un largo capítulo: fue un
estudioso y un gran naturalista. Su paso por San Luis quedó registrado
magistralmente. La ubicación de la ciudad de San Luis en un lugar tan
atractivo, con sus sierras alrededor, encalvada sobre la antigua ruta colonial
que une Buenos Aires con Mendoza y Chile, y el hecho de ser su gente
hospitalaria, humilde he inteligente naturalmente, ha concedido a este paraje
un valor histórico y humanístico extraordinario, subrayado por mil sucesos que
durante el largo período de las luchas civiles y la organización nacional lo han
jalonado.

Así relata Jhon Miers la jornada del 20 de abril de 1819: “La mañana era
más fría que lo habitual a causa de un viento fuerte. A unas diez leguas de Río
Quinto pasamos sobre unas sierras bajas que corren casi de norte a sur. El
camino se mantenía arenosos y salitroso…” Luego cruzan por un ter eno
arenoso y llano, cubierto de arbustos bajos “y por fin –continua Miers-
descubrimos el pequeño río de San Luis cuyo lecho es extraordinariamente
amplio y, en consecuencia, seco”. Este río cor e hacia “un val e amplio cubierto
de árboles y arbustos, en medio del cual se hal a situada la ciudad de San Luis
de la Punta”.

Pasado el mediodía l egan a los ar abales de la ciudad y, como apunta
Miers, se les presenta un “extraño obstáculo”. La entrada y principal camino de
acceso a la ciudad estaba “cer ado con una bar icada construida con una serie
de estacas clavadas en el suelo y cruzadas por otras similares atadas a las
primeras por medio de tientos”. Los guardias apostados en el lugar no les
permiten la entrada sin una orden escrita del gobernador (a la sazón Dupuy).
Miers entonces despacha a su guía principal con un mensaje, solicitando
cortésmente permiso para entrar a la ciudad.

Continúa el relato: “Mientras nuestro mensajero cumplía el encargo me
enteré que éste obstáculo era una precaución (indudablemente absurda ya que
muchas otras entradas estaban abiertas), para prevenir alguna sorpresa de los
montoneros partidarios de Carrera, pues se presumía que algunas bandas
errantes podían acercarse a la ciudad”.

En la “Historia de Provincia de San Luis” de Juan W. Gez (pág. 215 del
primer tomo) dice sobre este momento: “la montonera comenzaba sus
correrías, se minaba la disciplina del ejército y se susur aba (…) El rumor iba
en aumento, los peligros amenazaban por todos lados. José Miguel Carrera se
disponía a invadir la provincia al frente de unos pocos partidarios y con una
horda de indios aliados”.

Después de esperar casi una hora, nuestros viajeros ven l egar a su guía, y
el les comunica que el gobernador acababa de retirarse a dormir la siesta, con
orden terminante de que no se lo despertara hasta las cinco. Como se ve, la
costumbre de dormir la siesta, tan arraigada entre los provincianos viene de
muy lejos y llega casi intacta hasta nuestros días.


Miers y sus compañeros resuelven, después de esperar alrededor de una
hora, entrar por otras calles, con tan mala suerte que el coche que los
transportaba se rompe. “El coche que, con gran cuidado, escapó de varios
vuelcos, llegó por fin al centro de la ciudad “. Miers se detiene a observar “las
altas paredes de barro que rodeaban las casas, coronadas por malezas y
enredaderas, servían de cerco a los huertos que rodeaban casi todas las
propiedades”.

Por haberse roto el perno que soportaba todo el peso del coche se vuelve
prioritario hallar una fragua donde asegurar el hierro. Miers cuenta que “en el
trayecto de 630 millas recorrido desde Buenos Aires cruzamos varias aldeas y
pueblos pero sin hallar un simple herrero”. En esa época era sumamente difícil
hallar gente que se dedicara a esas ocupaciones manuales corrientes y
esenciales.

Nuestro inglés se dirige a la casa del único her ero de toda la ciudad y le
ruega que le haga la soldadura lo más pronto posible. Mientras tanto, el grupo
de viajeros se instala en la casa del maestro de posta, “con un estrecho
corredor al frente”. “El lugar que nos asignó -dice Miers con esa minuciosidad
para describir hasta el mínimo detal e- era una habitación sin una sola ventana.
En cada extremo había un amplio banco o estrado, de unos tres pies de alto.
Las paredes de barro estuvieron blanqueadas alguna vez, pero ahora estaban
negras de mugre y totalmente escrita con los nombres de los viajeros que
pernoctaban en ella”.

Es entonces que toma la decisión de instalarse en el cuarto del maestro de
posta que, “aunque sucio y miserable, era espacioso”. Al í son recibidos por las
hijas del maestro de posta: “Tres muchachas grandes, la mayor al parecer de
veinticinco años de edad, de buena apariencia, aunque sus mejil as
despiadadamente
embadurnadas
de
carmín.
Pronto se hicieron
intolerablemente familiares”. A estas mujeres provincianas les llamaba la
atención la ropa de la inglesa, querían saber como estaba confeccionada,
actitud que parece repetirse en forma idéntica entre las mujeres de hoy y de
siempre.

“En el transcurso del día fui muchas veces a la casa del herrero, con poco
provecho; el hombre no podía sustraerse a sus entretenimientos de la tarde
que consistían en fumar cigar il os con dos mujeres de aspecto miserable,
todos sentados en cuclillas sobre el suelo pelado de su habitación, tocando
alternativamente la guitarra, acompañándola con las habituales conzonetas
sarracenas en tono menor, chilladas con nasal discordancia”.

Aparece otra vez la intolerancia y la incomprensión en las observaciones y
los juicios que Miers efectúa sobre nuestro modo de ser, que hasta en la forma
de cantar era distinto.

Pues el puntano en general es un trovador de abolengo; la guitarra es para
él confidente de sus amores y desdichas. Sentado sobre el suelo o sobre un
cráneo de potro o de vaca, bajo el alero del rancho o bien debajo de un árbol,

tañe las armónicas cuerdas para acompañar sus canciones dolientes o
chispeantes, a cuyo ritmo bailan las jóvenes.

El caso fue que recién al otro día el joven her ero le hizo la soldadura al
coche. Luego de tomar dos o tres matecitos se levantó y comenzó a trabajar.
La forma y los utensilios que usaba nuestro hombre son minuciosamente
descriptos: “La fragua estaba construida con barro, los fuelles eran redondos y
bastantes rústicos, el carbón era el único combustible”.

“Un trozo de hier o unido a un palo servía de martil o, y un trozo de bronce
atado a una estaca de madera clava en el suelo, de yunque”. Agrega: “Estos
dos elementos juntos con dos o tres limas fueron de uso, algunos hierros en
barras y unas cuantas herraduras, constituían el instrumental completo”.

Reconoce Miers el valor del trabajo diciendo: “es asombroso cómo, con
semejantes materiales rústicos, se elaboraban los excelentes y hermosos
frenos, argollas y otras chucherías de uso cor iente entre los Gauchos”. Y
termina: “después de prolongada minuciosidad, el her ero consiguió por fin
soldar los pernos”.

Se hace necesario destacar este hecho: a pesar de la escasez de medios
materiales, la destreza y la calidad son abundante en la ejecución del trabajo.
El exigente inglés lo reconoce, a través de sus propias palabras da un vuelco
rotundo la imagen de “haragán y miserable” que pintara momentos antes, al
describir a nuestro comprovinciano del siglo pasado.



Edificación, Arquitectura y Comportamiento

La arquitectura de aquella época es descripta demasiado sintéticamente,
pero nos da un panorama de cómo estaba distribuida la edificación y de los
materiales que se empleaban en su construcción. La visión de Miers nos
acerca un San Luis modestísimo: “La plaza pública presentaba el aspecto más
lamentable que puede imaginarse”.

Alrededor de la plaza había dos iglesias muy pobremente construidas. Lo
mismo ocurre con el cabildo o casa municipal, la cárcel y un convento, que son
los edificios principales y están construidos con bar o. “Y en plena destrucción”,
acota Miers.

En su primer acercamiento a la ciudad el inglés descubre un grupo de
presos fabricando adobes en la plaza principal. Sujetos por pesados grillos,
iban colocando los ladrillos de barro a secar al sol mientras eran custodiados
por soldados muy mal vestidos. “Un cierto número de andrajosos soldados mal
entrazados, con los mosquetes cargados y la bayoneta calada los vigilan”. Le
causa gran admiración al viajero el hecho que tanto presos como soldados
tenían un comportamiento extraño a sus ojos: “Hablaban, bromeaban juntos
fumando continuamente”.


El fuerte, según Miers, no se hal aba muy lejos. Era un cercado
cuadrangular elevado, de tamaño aceptable, construido con adobes y barro.
Destaca su aspecto abandonado y la existencia de alguna pieza de artillería.

La ciudad estaba dividida en manzanas de 120 varas cuadradas, trazado
similar al que ostenta actualmente. Cuesta creer que las casas tuvieran sus
enormes huertos encerrados con elevadas paredes de barro. En la actualidad,
esto se puede hallar en Chile, Perú o Ecuador. Miers anotó además que estos
huertos estaban abundantemente poblados de árboles frutales, cipreses y
álamos.

La mayoría de las casas estaban sin blanquear, de construcción
sumamente austera. La cantidad de habitantes en esa época oscilaba entre los
tres mil y los cuatro mil. A pesar de ello, la ciudad se extendía ampliamente a
orillas del río Chor il o. “El agua que lleva el río se distribuye por acequias
pequeñas que bordean las cal es”.

Por aquellos tiempos, los desolados habitantes que quedaban en San Luis
luego de la convocatoria para la gesta libertadora emprendida por San Martín,
parecen no tener mucha inclinación por la agricultura.

No se cosechan casi cereales, ni siquiera para consumo propio. La
población se mantiene de carne vacuna.

La riqueza de la provincia consiste exclusivamente en estancias o granjas
de ganado en donde una cantidad de vacunos negros, colorados, caballos,
mulas y ovejas se crían a expensas de alimento que la tier a produce.

“Las chacras de ésta provincia no pueden producir suficiente trigo como
para alimentar a la escasa población de San Luis. El clima, por ser seco, es
muy sano”.

“San Luis –continua el escritor- es la menor poblada de todas las del Plata.
Este pueblo ha sido elevado al rango de ciudad de San Luis de la Punta”.

“Los alrededores presentan una flora muy variada, más desar ol ada y
hermosa que la de otras provincias. Entre los árboles se encuentran
algarrobos, chañares, diversas mimosas, quebrachos, un árbol siempre verde,
de hojas romboidales y espinosas, y muchos otros completamente nuevos para
mi y que no he visto ni en flor ni en semillas”. Entre éstos señala el inglés un
arbusto precioso que después a reconocido en los jardines de Buenos Aires, en
donde se lo conoce con el nombre de “barba del chivato” a causa de sus largos
estambres que caen de los numerosos racimos de elegantes flores amarillas
(nuestra conocidas “lagañas de per o”). No olvidemos que este viajero era,
entre otras cosas, un experto estudioso de la botánica y un agudo observador.

También encuentra en los jardines de las sencil as casas puntanas la zinia
carmesí, la pequeña y hermosa verbena rastrera y la commelina común en
Buenos Aires y Chile. En San Luis también le l amó la atención la gran variedad
de tillandries y otras plantas parásitas más conocidas con el nombre de

“plantas del aire” las cuales, sin tier a alrededor de sus raíces, simplemente
suspendidas o prendidas en los hierros de las rejas de ventanas y balcones o
de las ramas de los árboles, conservan su vida y florecen durante mucho
tiempo. (se trata del clavel del aire).

Miers señala la existencia de cactus y tuna, que proliferan abundantemente
en las proximidades de la ciudad, y también de cochinil a que se recoge para
vender en las pulperías, y se utilizan para teñir en tonos rojizos.

Después de su recor ido por la ciudad, y de visitar al gobernador, el inglés
regresa a la posta donde encuentra que los hombres habían ar eglado el coche
y cumplió con todos los requisitos indispensables para continuar el viaje. Allí
mismo se encuentra con un oficial chileno que se dirige a Buenos Aires. Había
cruzado los Andes y llegado a Mendoza tan sólo unos día antes. Este militar le
cuenta que los pasos de la cordillera estaban por completo libres de nieve y le
asegura que no habrá variaciones hasta dentro de un mes por los menos.
Después de recibir información detal ada sobre el camino Miers ordena traer
los caballos y disponer todo para la partida. El maestro de posta le entrega seis
caballos en lugar de cuatro porque dice que en la próxima etapa “el camino es
sumamente pesado y pantanoso”, y le asegura que en la próxima posta de La
Represa o Laguna de los Chorrillos le va a ser muy difícil encontrar cabal os de
relevo. Por lo tanto, se hace indispensable llevar animales de repuesto,
suficientes para recorrer la siguiente etapa –demasiado larga- hasta
Desaguadero. La distancia total de San Luis hasta desaguadero se calculaba
en 20 leguas.

Como este inglés es sumamente meticuloso, en su libro de viaje va
anotando el precio de todo, y es increíble el detal e que hace sobre lo que paga
por los caballos. Compra finalmente los seis caballos para el coche y seis para
montar, que le cuesta treinta pesos, por dos postillones, tres reales cada uno, o
sea tres peniques por legua. En San Luis también pagan un peso por la
comida, dos reales por la leche y un real y medio (nueve peniques) por una
docena de huevos que compran para el viaje, no más un recargo especial de
tres reales (dieciocho peniques) por coserlos antes de la partida. Paga además
seis reales por el pan para el camino.

Dejaron pronto San Luis y entraron enseguida –según refiere el escritor- en
una región boscosa que presentaba muchas novedades para un botánico como
él.

El camino que llega a La Represa –aproximadamente a unas siete leguas
de San Luis- se desarrolla por un paraje poblado de bosques. La huella, dice
Miers, es mala, en parte muy arenosa, en otras pantanosas y, además en
algunas ocasiones la cama del eje delantero choca con fuerza contra los
tocones que forman los troncos de los árboles cortados con descuido al hacer
el camino.

Durante las cinco primeras leguas –anota Miers- la dirección fue en general
al sudoeste, de allí hasta La Represa continúa hacia el oeste- sud-oeste. “Nada
digno de mención se vio en él camino”.


Llegan a la casa de la estación de La Represa aproximadamente a las cinco
de la tarde. “En este lugar había una cabaña miserable y una pulpería, recién
construida con adobes”. Tenía, según nuestro escritor, una apariencia “de una
limpieza aceptable”. “La tierra es aquí tan extraordinariamente salitrosa que los
adobes, expuestos al aire está en constante esflorescencia y se deshacen con
rapidez. Hay dos construcciones más, de madera, sin terminar utilizada para la
preparación del charqui”. Sostiene Miers que “el clima es aquí lo bastante seco
como para permitir su fabricación, sin adición de sal”. Y a continuación hace
una descripción exacta de cómo es la preparación del charqui y como se lo
utiliza: “Los trozos de carne vacuna, sometidos a este procedimiento de secado
al sol durante uno o dos días, y luego hervidos, constituyen un beef-steak
aceptable, con frecuencia puede conseguirse en el camino, cuando los
gauchos están preparando charqui”.

Luego observa que cerca de la Posta de la Represa existían dos o más
corrales o cercados de buen tamaño, construidos con estacas hincadas en el
suelo, que se utilizaban para encerrar de tanto en tanto al ganado, ya sea para
su recuento, aparte o matanza.

La Posta de La Represa estaba atendida por un gaucho llamado Blas
Savala (sic), quien se había criado entre los indios y por su conocimiento
particular de estas tierras meridionales, y su relación intima con las diferentes
tribus indígenas, fue colocado por el gobernador Dupuy en la milicia provincial
como capitán, puesto en el cual prestó muchos servicios a San Luis, evitando
con su arrojo, incursiones guerreras a esa ciudad.

El inglés demuestra gran curiosidad por los hábitos de los indios de esta
zona y por toda la provincia, especialmente por el territorio de la parte sur, e
interroga a Savala. Don Blas le responde con esa sabiduría natural de nuestros
criollos del campo, lo siguiente: “Los indios de las pampas se mantenían, en un
principio, exclusivamente a expensas de la caza y carecían de nociones de
labranza y cultivo. Luego, en los últimos años el éxito de sus asaltos contra las
provincias orientales les han permitido proveerse de inmensas tropas de
ganado vacuno y caballar. En consecuencia, se encuentran comparativamente
bien y su subsistencia no depende por completo de los baguales, o caballos
salvajes, ni de avestruces, ciervos, zorros, etc., cuya captura fue siempre un
motivo de intranquilidad y dificultades”. Por lo tanto, sus construcciones se han
hecho de carácter casi permanente, más que las anteriores. Aunque por hábito
sigue realizando sus correrías en busca de algo para saquear. Continúa el
relato: “Nunca estas tribus permanecen mucho tiempo en un lugar y cuando
deciden asentarse prefieren los sitios en que otras bandas hayan fijado
anteriormente su residencia transitoria. De aquí se deduce por que sobre las
márgenes de los ríos existían a intervalos de veinte o treinta leguas, una
sucesión de tolderías o campamentos indígenas.

Blas Savala cuenta también con lujo de detal e las formas de vida de los
indígenas, ya que él conocía muy bien sus costumbres. Fumando un puro se
las describe: “Sus habitaciones consisten, simplemente, en cueros sueltos que

fijan a tres estacas dispuestas en forma de triangulo, de una manera similar a
las tiendas de los gitanos”.

Esta posta estaba ubicada en medio de una gran estancia en la cual,
gracias a un terraplén, se había formado un gran lago de agua dulce: de aquí el
nombre de La Represa. Según lo observado por Miers, “este lago se forma
mediante los drenajes por donde corren aguas que caen en la parte superior en
las cuatro o cinco lluvias del año. Esto, unido al caudal de una pequeña
acequia que conduce el excedente de agua del río San Luis durante la época
lluviosa, proporciona agua suficiente como para mantener a unos miles de
cabezas de ganado”.

Esta laguna de agua dulce no tiene salida, pero buena parte de ella se
pierde, ya sea por evaporación o por drenaje del suelo. En la mañana del 22 de
abril, Miers anota: “me levanté a las cuatro y media y desperté a mis peones
decidido a realizar en el día, si fuera posible, dos o más etapas, pero advertí en
ellos una disposición predeterminada para demorar”. Parece ser que a nuestro
viajero lo ponían intranquilo los diversos pretextos que ponían sus peones en
preparar el viaje.

El caso fue que a pesar de las insistentes súplicas del inglés, no se
completaron los preparativos hasta las seis, oponiendo esta gente un obstáculo
tras otro, de manera que no pudieran partir hasta “las siete menos diez”. La
dirección que tomaron fue al sudoeste-sud-sudoeste, anota siempre nuestro
viajero.

Encontraron en el camino una carreta procedente de la estancia Las
Tortugas, cargada con sandías y melones, con destino a la ciudad de San Luis.
Adquieren una buena cantidad de esas frutas al precio de un cuarto de real (3
tres medios peniques), las cuales –según parece- eran de tamaño grande.

Durante la primera legua cruzaron una zona boscosa, similar a la que
habían observado en San Luis. Luego atraviesan un gran tremendal,
interrumpido por isletas de algarrobos. Y continúa nuestro viajero: “A unas tres
leguas de La Represa, ascendimos la suave pendiente del amplio borde
arenoso que lleva a las planicies superiores más septentrionales que terminan
en el punto donde el Desaguadero vuelca sus aguas en el lago Bebedero”.

“Del otro lado, donde las cor ientes formadas por las l uvias han cavado sus
causes, se ve, bajo la superficie del suelo arenoso, una clara formación de la
cal sulfatada, dispuesta en estratos casi transparentes: de aquí el nombre de
Alto del Yeso”.

Continúa el viaje, y Miers, cada vez más intransigente y ansioso cuenta:
“Los peones se detenían cada media hora para ar eglar sus monturas, o bien
para cambiar caballo. Cualquier excusa era buena para detenerse. Cuanta más
ansiedad demostraba yo para adelantar camino, más resueltos parecían el os a
marchar a la velocidad que querían”. Las monturas nacionales que se hacían
en el país en esa época, se aflojaban rápidamente y eran tan grande la
cantidad de pilchas y piezas colocadas una sobre la otra, que se requería por lo

menos diez minutos para acomodarlas, a menos que estuviesen ajustadas con
mucho cuidado. (la montura a que hace referencia el autor es el apero).

Sigue su marcha la pequeña caravana, y cuando alcanzan la parte superior
de la cuesta llegan a distinguir el gran lago Bebedero. “La cumbre de esta
cadena tiene siete leguas de ancho, esta cubierta por chañares, de diversas
especies de algarrobos, mimosas, retamos, atamisque, jarilla, jume, vidriera,
etc., con muchas otras plantas nuevas”. “A intervalos, esos mator ales se
alternan con extensos manchones de pastizales pobres”.

“Después de descender por la ladera opuesta nos encontramos en la
laguna arenosa de la travesía de tres leguas de extensión, cubierta de árboles
espinosos”.



Río Desaguadero

A las dos y media, según escribe Miers, alcanzan las márgenes del río
Desaguadero. “La superficie del ter eno, en sus proximidades, se veía cubierto
de una esflorescencia salina, formando en algunas partes una capa de sal
bastante gruesa”.

El río cor ía muy por debajo del ter eno, a casi “dieciocho pies” de
profundidad. Se había formado un vado en la bar anca que estaba cortada en
declive, de manera que permitía el paso de carretas y coches, pero el camino
que bajaba por ambas márgenes era sumamente empinado, tanto que
debieron alivianar el coche para poder cruzar.

Casi como si estuviéramos viendo y viviendo ese momento, Miers nos
describe: “Montaron en ancas de dos compañeros, pero como los cabal os de
esas tierras jamás han sentido el peso de una persona sobre las ancas,
empezaron a patear, y a corcovear y uno de los hombres fue arrojado sobre las
márgenes del río, escapando sin más daño que un buen chapuzón en el agua
salada. El otro caballo también pateó y corcoveó al sentir el peso sobre las
ancas, pero los jinetes consiguieron permanecer montados y llegaron a salvo
hasta la otra orilla”. El río tenía en esa época un ancho de “cien pies” y tres de
profundidad. “La cor iente era clara y cor ía lentamente hacia el oeste”.



Descripción de la balsa y modo de cruzar el río

En este lugar existe una balsa para servicio de los pasajeros; está
construida con dos canoas, de veinte pies de largo cada una, confeccionadas
con troncos ahuecados de grandes árboles, unidas por medio de varios palos
muy fuertes, sujetos con tientos: “se forma así una amplia plataforma sobre la

cual se amontonan los equipajes, las monturas y a ellas se confían también los
propios pasajeros”.

“Sobre las riberas opuestas hay dos estacas muy fuertes fijas en el suelo en
las cuales un laso doble está tensamente sujeto. En el lazo hay un aro de
hierro a través del cual se asegura la balsa por medio de una cuerda de cuero.
Y el balsero, por medio de una cuerda transversal, hala esta plataforma flotante
de un lado a otro a su placer”.

“El precio por cruzar es de medio real (tres peniques) para cada pasajero, y
lo mismo para la carga de cada caballo”.

“Los animales cruzan a nado todos en montón y a uno se lo ata a la canoa
con un lazo, pues sin esta precaución sería imposible reunirlos y atrapar a los
demás”.

La cabaña que habita el balsero es un agujero miserable, oscuro e
inmundo, según Miers. “El propio balsero es un individuo moreno de mal
aspecto; la familia es un conjunto de criaturas medio desnudas, sucias y
holgazanas y en la época en que estuvimos al í se encontraban desprovistos
de toda clase de alimentos. No había ninguna clase de mobiliario, carecían de
una silla, ni una mesa, y el rancho estaba lleno de suciedad y basura”.

Sin embargo, este ser miserable, según dice Miers, era hermano de uno de
los jueces de Mendoza. “Un comerciante importante, conocido de todos los
extranjeros, que se enorgullece de su afición a los usos y costumbres inglesas
y cuya casa está bien provista de excelente mobiliario inglés”.

Volviendo a nuestra narración, después de cruzar el río los viajeros
anduvieron una corta distancia por la Travesía y, según Miers, a las tres de la
tarde alcanzaron la Posta del Desaguadero. Aquí cabe señalar que otro autores
que describen el Camino Real a veces colocan la Posta de Desaguadero antes
de cruzar el río del mismo nombre, otras veces después de cruzarlo, lo cual no
invalida, a mi criterio, que ésta sea la última posta que cruzaban en la provincia
de San Luis.

De todas maneras, vale la pena hacer una reconstrucción de lo que en esa
época era Desaguadero y la zona circundante. Este lugar está situado en
medio de la Travesía; “no hay aquí –dice Miers- la menor traza de vegetación,
excepto los pocos arbustos espinosos y las plantas salinas que crecen en el
desierto”. Se hal a muy lejos de donde se encuentra el agua dulce.

Había sobre un costado del camino dos chozas, una de el as consistía,
simplemente, en un refugio abierto, con unos arbustos secos en los costados
para romper la fuerza del viento.

“En ese cobertizo vimos –continúa el relato- cinco o seis hombres y
mujeres en cuclillas sobre el suelo alrededor de un fuego que ardía en el
centro, estaban medio desnudos y el largo cabello negros les caía libremente

sobre las espaldas, los rostros cobrizos y las miradas feroces dábanles
aspectos de indios salvajes”.

La otra choza también era muy precaria, muy vieja, construidas de ramas
revocadas con barro; estaba, según la descripción, techada con juncos, el
marco de la puerta era muy bajo, tanto que se tenían que agachar para entrar.

En cuanto llegan a la posta y ven ese espectáculo tan atrevido para los ojos
de un europeo, sienten temor, y es cuando Miers se acerca al maestro de la
posta que era el de aspecto más salvaje de la reunión, y le ruega le
proporcione caballos lo más rápidamente posible a fin de poder continuar su
viaje hasta la otra posta en el día; a lo cual el maestro se niega aduciendo que
no podría traerlos en tan poco tiempo y lo obliga a esperas hasta el día
siguiente para poder proseguir el viaje.

La gente que acompañaba a esos viajeros, los postil ones y peones se
habían puesto de acuerdo con los lugareños y lo habían incitado a hacer esto
como en otras oportunidades, para demorar y retardar el paso. Como vemos, la
picardía de los guías fue más eficaz que las súplicas de los pasajeros. Miers
trata de persuadirlo pero es en vano. Los compañeros de viaje de Miers se
muestran temerosos y ansiosos por seguir camino, pues el aspecto de pícaros
de aquella gente, les hace temer permanecer allí toda la noche. Y así es como
pasan la noche en el cuarto revocado; como éste no tenía puertas, colocan el
coche bien sobre la entrada y así atrincherados se encontraron satisfechos de
su seguridad. Miers y su mujer durmieron en el coche, como lo hacían
habitualmente.

Como cena comieron un poco de carne asada sobre las brasas, sin pan,
como de costumbre entre la gente de ese lugar. La comida careció también de
agua, pues se les había acabado y para conseguir más debían ir a buscar a
una estancia llamada Tortugas, lugar hasta donde llegaba el río Tunuyán por
un canal de “una mil a de largo”. El agua se transportaba en dos bar iles a lomo
de caballo.

Lo que sí tenía el maestro de posta era un rico vino que obró como un
bálsamo en los agitados ánimos. Sobrevino entonces la reconciliación y la
gente del lugar entonó canciones al son de la guitar a, amparados por el calor
del fogón. Sin embargo, el matrimonio inglés quedó disconforme por no tomar
su té habitual, que debió ser reemplazado por un poco de leche que el maestro
de posta supo proveer.



CAPÍTULO II

Peter Schmidtmeyer (año 1820)


Peter Schmidtmeyer es un personaje del que se conoce la obra –titulada
“Viaje a Chile a través de los Andes”-, pero no los motivos que llevaron a viajar
por América del Sud entre 1820 y 1821. A través de sus escritos se conoce que
antes de realizar el viaje efectuó intensos estudios sobre la peculiaridad de las
tierras que habría de visitar: El mismo refiere que “leyó todos los libros
referentes a este continente”. Así preparado l egó a la Argentina y Chile,
cargando un bagaje de información que en ocasiones brinda a los nativos.

El 8 de mayo de 1820, en un coche de dos ruedas fabricado en Buenos
Aires, parte Schmidtmeyer hacia el oeste, por el camino real, acompañado de
un inglés y dos alemanes. Para el viaje se habían contratado tres peones,
quienes se encargaron de colocar sobre los caballos los baúles donde se
transportaban los enseres indispensables para la travesía. Estos baúles eran
flexibles, confeccionados en cuero prolijamente repujado. Su peso no era
excesivo. Amarraron uno a cada lado del caballo, y entre ellos dispusieron la
ropa de cama.

En la caja del coche se instaló una buena provisión de yerba del Paraguay y
té de china, azúcar, lenguas hervidas, e implementos para comer y hervir el
agua. Más abajo colocaron, dentro de un cuero suspendido, sil as y bridas para
montar en caso de accidente, algunas herramientas, bandas de cuero y un
barrilito con agua, a pesar de la sugerencia de los peones, que se inclinaron
por llenar el barril con vino de Mendoza.

Después de viajar largamente por las l anuras bonaerense y santafesina,
Schmidtmeyer anota lo siguiente: “Vemos ante nosotros, un poco a la derecha,
una cadena de sierras, cuya vista era muy agradable, no obstante su aspecto
árido, y nos alivió de la fatiga de mirar tanto tiempo a l anuras interminables”.
Enfatiza luego: “desde Buenos Aires hasta este lugar, creo que no habíamos
visto siquiera una loma”.

Después de recor er ciento veinte mil as desde Punta de Agua, en Córdoba,
los viajeros llegan a Portezuelo, una aldea muy pequeña que yace en la
extremidad más austral de las montañas de Comechingones. Es en este punto
donde se inicia el viaje por la provincia de San Luis.

Este lugar tiene, a juicio de Schmidtmeyer, un aspecto pintoresco. Sus
escasas viviendas se mezclan con fragmentos de granito desprendidos de los
cerros, y algunos durazneros crecen entre ellos. Dice textualmente el viajero el
viajero: “Un trozo de ter eno baldío con un poco de agua, forma con su verdor
un fuerte contraste con la escena circundante, y una capilla en miniatura le
informa al viajero que allí se realizan los ritos de la religión católica”.

Si bien esta posta no se encuentra en un lugar muy alto, ya se insinúa como
un escenario montañoso y seco. Las cor ientes bar osas y los ter enos
pantanosos por los que habían transitado, han sido reemplazados por un suelo
y una atmósfera tan secos que los guías han tenido que cubrir las varas y las
ruedas de los coches con bandas de cuero mojado para evitar el desecamiento
y la quebradura de la madera.


El coche es guiado en estos terrenos con buen galope, por uno o dos
postillones. Los caballos que cargan los bultos son mantenidos al mismo paso
por los peones de a caballo, que los castigan con lonjazos para evitar que se
desvíen y se salgan de la huel a.

“Es tarea ruda para esos hombres, que se hallan todo el día en continuo
ejercicio y que en las noches ayudan a preparar la cena”. La cena culmina
cuando se apaga el último cigar il o, cerca de las diez u once de la noche.
Inmediatamente, los peones se disponen a descansar acostándose en el suelo,
generalmente al aire libre. Al día siguiente se levantan al alba, par vigilar que
se reúna la tropa de cabal os del campo de pastoreo al cor al, y para tener
tiempo de encender el fuego y tomar algunos mates.




Descripción del suelo

“No pude descubrir piedra alguna hasta hallarme a cuarenta o cincuenta
millas de Potezuelo”, consigna Schmidtmeyer en su relato. Al entrar al ter itorio
de la provincia había notado la existencia de granito rojo, principalmente en las
sierras, confundido en manchones de trébol y cardo.

La estratégica ubicación de la Posta de Potezuelo, sobre la antigua ruta
colonial donde comienza el camino real que penetra en nuestra provincia, y el
hecho de ser la primera posta, confieren al lugar un valor histórico
extraordinario.



Partida del portezuelo

Los viajeros ingleses dejan el Portezuelo el 13 de mayo, no sin antes hacer
mención de la capil a en el diario de viaje. “La pequeña capil a está cubierta y
reluce de entre las rocas con adornos”, dice Schmidtmeyer, y se detiene en
ciertas particularidades del culto que llaman su atención. “Una ceremonia muy
impresionante en estas aldeas es la de la oración”, dice. A la mañana o a la
tarde, ni bien tañen las campanas, todo el que se hal a a una cierta distancia
para oír, se detiene y hace una corta plegaria; algunos se arrodillan y otros
simplemente se descubren. El cronista señala que, a su juicio, es extraño ver
una ceremonia de tanto recogimiento en un pueblito tan pequeño. “La
paralización repentina que sufren así las ocupaciones más afanosas, es
imponente. Donde hay “protestantes” (sic), también se detienen y se quitan el
sombrero. La plegaria no dura más de un minuto o dos”.

Puntualiza Schmidtmeyer que en el momento de partir, pese a que el sol se
hallaba en el solsticio de invierno, hacía un gran calor y reinaba sobre la aldea
el sueño y la indolencia. Tal como lo hemos escuchado de otros viajeros, el

momento de la partida resulta particularmente molesto para los extranjeros;
Schmidtmeyer se queja de la lentitud de los lugareños: ya es hora de partir los
caballos aún están sin atar al coche.

De vuelta ya sobre el Camino real, rodean un gran cerro –seguramente se
trata de El Morro-, y descubren sobre el horizonte la silueta de las sierras de
San Luis. El terreno se inclina y se ondula suavemente. Cruzan el pequeño río
Quinto, “de agua cristalina, que serpentea con bel as vueltas y tiene sus oril as
cubiertas apenas con algunos árboles y mator ales mezquinos, en su mayoría,
algarrobos y espinos”, refiere el inglés. Este río cor e cierto trecho hacia el
sudeste y pierde su curso en pantanos, igual que el río Cuarto. Presa de la
nostalgia, Schmidtmeyer compara estos ríos con el New, que cor e cercano a
Londres, y dice que por más que unieran sus aguas, nunca igualarían el caudal
de su hermoso río New.

Al rodear la extremidad o punta de la sierra de San Luis, se alcanza a ver a
lo lejos la pequeña ciudad que l eva ese mismo nombre, l amada por su
situación geográfica “De la Punta”. Pero la ciudad aún no preocupa a nuestro
viajero, que prefiere describir el paisaje serrano. Calcula la altura de las sierras
y concluye que debe rondar los mil doscientos o mil trescientos pies desde su
base. Observa la vegetación y las características del suelo: “Tiene el aspecto
de tierra endurecida, de formas lisas, sin estratificación alguna”. Nota, sin
embargo, la presencia de rocas calcáreas subyacentes.

Los árboles también captan su atención. Toma nota de la presencia del
algarrobo, de agudo color verde claro, pero con escaso follaje. “Vimos
pequeñas higueras (…) cuyos tal os blancuzcos producían un bel o efecto al
contrastar con las hojas verdes oscuras”. Habla también de durazneros,
manzanos y nogales, que indican la proximidad de las viviendas en el camino
de entrada a San Luis. Nuevamente recuerda los árboles de su tier a, y halla a
los nuestros más pequeños, menos verdes, etc.

El camino que conduce a la ciudad tiene otras cosas interesantes.
Schmidtmeyer se encuentra con un intenso tránsito de mulas y car etas, que
transportan productos y mercaderías entre Buenos Aires y Mendoza. Al ver
estos viajeros, el inglés toma conciencia de la cantidad de leguas que han
recorrido, y califica de proeza el haber llegado a San Luis sin ninguna avería en
su coche, lo cual hubiere significado abandonar el vehículo y continuar a
caballo. “Debe considerarse como una excepción de lo que ocur e
generalmente”, asegura.



San Luis

A una distancia de noventa y tres millas de Portezuelo, se encuentra San
Luis, “la pequeña ciudad”, anota nuestro viajero. Está situada sobre el lado
oriental de la cadena montañosa.


Las casas, dice el extranjero, están construidas de adobe y tiene extensos
terrenos adyacentes. “El aspecto es el de una población floreciente”, dice
Schmidtmeyer.

Los cercados están formados principalmente por paredes de bar o, de cinco
a diez pies de alto. Como en casi todas las construcciones cuyanas coloniales,
se encuentra presente esta característica. Estos cercados se levantan en forma
casi artesanal, ya que cada adobe debe ser hecho en un molde de madera,
que se cambia a medida que la obra avanza. Esto hace que la pared recién
construida tenga el aspecto de haber sido levantada con grandes piedras
talladas, opina el inglés. Este tipo de cercado aún se conserva en algunos
lugares de Chile.

El inglés observa que en los predios limitados por estas paredes de barro se
cultivan alfalfa, trigo y cebada, y también viñas, higueras, olivos, naranjos y
limoneros, manzanos y durazneros. De cuando en cuando se advierte la
presencia de un álamo o de un ciprés.

Dedica unas horas de su jornada a recorrer la ciudad y a tomar nota de sus
particularidades. Observa que no todas las viviendas son pequeñas y humildes,
hay algunas casas grandes y rodeadas de terrenos cultivados, que tienen el
aspecto de ser habitadas por familias de fortuna.

Advierte, con ojo experto, que la ciudad tiene escasa protección en caso de
producirse un ataque indígena o la embestida de una banda de salteadores. La
guarnición militar está sostenida por un jefe y algunos soldados. Cabe recordar
que es en esta época que San Luis vio disminuida su población masculina a
raíz de las levas para la campaña libertadora de San Martín.

En compañía de los otros viajeros, visita al Gobernador para cumplimentar
el trámite de control de los pasaportes. No hace ningún comentario sobre este
hecho, solamente reflexiona sobre la importancia que tiene para un extranjero
llevar siempre consigo este documento.

La distancia desde San Luis a Mendoza es de doscientas cuarenta y seis
millas, según Schmidtmeyer. Siempre en dirección oeste, recor en treinta millas
hasta llegar cerca de un pequeño lago l amado Laguna del Chor il o “que yace
al sur del camino; otra vista que por su novedad nos agrado mucho”. Se trataba
de un pequeño espejo de agua, que se ofrecía inesperadamente en un lugar
llamado con toda justicia “desierto”. Aquí se encuentra la Posta del Chor il o,
que los viajeros dejan atrás casi inmediatamente.

Cruzan el desierto, que es una planicie ascendente que se extiende por
más de cincuenta mil as, sin encontrar más que un débil manantial que en
algunos tramos estaba seco.

Después de descender un suave declive l ega a la Posta de Desaguadero;
“una vivienda miserable”, dice Schmidtmeyer. Los peones hicieron un asado y

en un asador de madera colocaron un trozo de carne. “Un pintoresco recurso
de los peones, suplió la falta de platos”, dice el inglés.

El río Desaguadero traía poco agua y estaba cubierto de juncos donde se
desarrollaba una nutrida colonia de patos salvajes, gansos y cisnes.

Gracias a un bosquejo de un grabado tomado en el lugar, “vemos la tropa
de caballos que son conducidos al corral, donde se elegirán algunos para cubrir
la próxima etapa del viaje. Se hace entrar a todos los cabal os para que no
pierdan el hábito de andar juntos”.



CAPÍTULO III

Francis Bond Head (año 1825)

Francis Bond Head, ingeniero militar inglés, fue nombrado en 1825 gerente
en la Argentina de una compañía minera, la “Río de la Plata Mining Company”,
firma que por esa época era una de las que se constituyeron para explotar la
incipiente riqueza minera del país. Llegó a Buenos Aires junto con otros
técnicos y maquinarias dispuestas para tal fin. Además trajo algunos mineros
de Cournalles, con los cuales realizó dos viajes a la región andina. En dos
oportunidades pasa por ésta provincia y visita La Carolina. Luego permanece
en la ciudad de San Luis, tomando notas sorprendentes sobre nuestra forma de
vida.

En 1826 retorna a Inglaterra ya que la compañía para la que trabaja carece
de perspectivas, y ese mismo año publica en Londres sus impresiones a cerca
de nuestro país.

La vida y obra de Head nos lo muestra como un ser que apreció, en toda su
dimensión, esta tier a. Fue un observador sutil, y por momentos fascina su
forma de escribir, aún cuando sus notas fueron redactadas tal vez un poco
apresuradamente y con escaso cuidado. En “Las Pampas y los Andes”
podemos ver que no carecía de talento literario. Nos ofrece en esta obra un
acercamiento a interesantes facetas de la realidad argentina de la época.

Acompañado por dos respetabilísimos capitanes de minas de Cornwall, un
“ental ador” francés que había sido educado por el célebre Vauquelín, un
agrimensor y tres mineros, anduvo por las grandes llanuras de las pampas
rumbo a las minas de oro de San Luis y después a las de Uspal ata, más al á
de Mendoza, a mil millas de Buenos Aires. Suscintamente, así es como
comienza su viaje en estas tierras.


Deja su gente en Mendoza y regresa a caballo a Buenos Aires salvando la
distancia en sólo ocho días (récord para esa época). Llega a Buenos Aires y al í
recibe cartas que hacen necesaria su presencia inmediata en Chile y, en
consecuencia, vuelve a cruzar la pampa, juntándose con sus compañeros en
Mendoza. Con ellos cruza los Andes hasta Santiago de Chile, de allí se dirige a
distintos lugares, sin dilación alguna, por diversos rumbos; hizo 1200 millas
para inspeccionar minas de oro y plata. Y la noche que termina sus informes
salen de nuevo para volver a cruzar la cordillera. Deja parte de sus
compañeros en las l anuras, cabalga sólo nuevamente hasta Buenos Aires y,
llegado a la metrópolis despide a una parte de los mineros y con el resto
regresa a Inglaterra, de donde nunca vuelve.

“El único fin de mis viajes fue inspeccionar ciertas minas. Bajamos al fondo
de todas y con la ayuda de los individuos que me acompañaban hice lo mejor
que pude un informe circunstanciado de cada una”, dice en la introducción.

Recorrió más de seis mil mil as en nuestro ter itorio. Se puede decir que
galopó contra el tiempo durante largas jornadas, expuesto al sol quemante del
estío. Fue enorme el esfuerzo que realizó, durmiendo al aire libre, en el suelo,
alimentándose principalmente de carne y agua.

Dice Head al comienzo de sus notas “en mis viajes no l evaba un diario
regular porque el país que visitaba era una l anura sin fin o montañas desiertas;
pero en ocasiones escribía notas desaliñadas, describiendo cualquier cosa que
me interesase o advirtiera”.

Estos comentarios, dice Head, fueron escritos en gran variedad de
circunstancias: a veces cansado, otras descansado, a veces con una botella de
vino por delante, otras con un chifle lleno de agua sucia salobre, “y unas pocas
fueron redactadas a bordo del paquebote”. Esto dice respecto de sus escritos:
“Las tracé solamente para distraer el ánimo, embargado por una
responsabilidad a la que no estaba acostumbrado y por lo tanto están
necesariamente en aquel estado incoherente, inconexo, que las hace –bien me
percato- poco propósito para afrontar la mirada crítica del público; además,
como ha sido mi desdicha ver el fracaso de una compañía minera, presenciar
la pérdida que ha sufrido; como estoy persuadido de que esos fracasos han
provenido de nuestra ignorancia del país, he resuelto entregar al público los
pocos apuntes que poseo, y aunque bien sé que su índole es demasiado trivial
para proyectar mucha luz sobre el tema, no obstante acaso ayuden a hacer
‘visible la oscuridad’, y confío que el estado rudo, áspero en que aparecen al
menos pruebe que no me propongo otra cosa”.

La descripción que Bond Head hace del camino y las postas es en general
muy similar a lo que cuentan con gran minuciosidad los distintos viajeros que
cruzan por nuestra provincia, y que han sido citados en las páginas anteriores.
Sin embargo, he considerado pertinente incluir su obra para rescatar la visión
poética con que describe las formas de vida y costumbres de nuestros
pobladores.




Modos de viajar

Para hacer un viaje de Buenos Aires a Mendoza –dice Bond Head- existen
sólo dos medios: en car uajes o a cabal o. Los car uajes no tienen elásticos de
madera o hierro, pero estaban ingeniosamente provistos de sopandas de cuero
que los hacían bastante cómodos. Había dos clases de car uaje: un coche
largo de cuatro ruedas como furgón (sin portezuela atrás) tirado por cuatro o
seis caballos y con capacidad para ocho personas, y otro más chico, de dos
ruedas, de la mitad de largo que el anterior y generalmente tirado por tres
caballos.

En oportunidad de cruzar por primera vez las pampas, Bond Head compra
para su gente un gran carruaje y también un enorme car o techado de dos
ruedas que transportaba dos mil quinientas libras de herramientas para las
minas.

Contrata un capataz, encargado luego de tomar a su cargo los peones que
iban a conducir los vehículos hasta Mendoza, tarea por la cual cobrarían treinta
o cuarenta duros cada uno. En los días previos a la partida el capataz compra
una buena cantidad de cueros, que luego manda cortar en largas tiras de tres
cuartos de pulgada de ancho. La lanza y casi toda la caja del carruaje se
ligaron fuertemente con cuero mojado que, una vez seco, se encogió formando
una atadura tan fuerte como si fuera de hierro.

Bond Head se sorprende de estas tareas y le presta mucha atención porque
además recubren con estos cueros también las ruedas, de modo que,
efectivamente, rodaban sobre cuero.

Todos los ingleses del contingente se rieron y apostaron que esa envoltura
no duraría y que se cortaría antes de salir del empedrado de Buenos Aires. Ni
falta hace decir que aguantó perfectamente las setecientas cincuenta mil as, y
solo se bañó con el filo de ciertas rocas de granito por las que se vieron
obligados a pasar.

Otro de los recaudos que tomaron antes de la partida fue el
aprovisionamiento de víveres, ya que les habían advertido que poco era lo que
se podía conseguir en las pampas fuera de carne y agua. Adquieren entonces
gran cantidad de pan, huevos, frutas, té y aguardiente de cerezas.

Todos emprenden el camino alegremente, según lo relata el propio Head, y
consisten en afrontar las dificultades lo mejor posible, lo cual –agregamos
nosotros- constituye desde siempre la mejor manera de viajar, sin fastidios ni
problemas, en cualquier país que se visite.

El conjunto de hombres que componían este grupo eran sumamente
heterogéneo, estaba conformado por negros y blancos, del cual dice Bond
Head: “nunca se formó conjunto más extravagante”. Tenían seis cabal os en el
carruaje –cada uno montado por un peón- además del que montaba el líder del

grupo. Recorrer más de novecientas mil as por las pampas en estas
condiciones constituye un hecho sorprendente, casi una proeza.

Los ranchos llamados “postas” se hal an a diferentes distancias pero,
término medio, cada veinte mil as.

Un hecho que asombra y provoca admiración entre los ingleses es la forma
en que nuestros compatriotas manejan los caballos, además de su manera de
comportarse, totalmente adaptada a las circunstancias. “El os tiran a la cincha
en vez de pechera, y, teniendo un solo tiro, en terreno áspero pueden
aprovechar todos los lugares firmes, donde el terreno solamente aguanta una
vez, cada peón toma su senda y las patas de los caballos van libres y
desembarazadas”. Para atar o desatar, los peones solamente enganchan o
desenganchan el lazo del recado y esto –dicen los ingleses- es lo más sencil o
que hayan visto. Bond Head anota: “A menudo pensaba qué admirable sería en
la práctica este modo de andar para las tares especiales de aquel a rama noble
de nuestro ejército real, la artil ería montada”.

Otra cosa que los sorprende es la velocidad de los caballos en viaje: a
pesar de las dos mil quinientas libras de carga que llevan, van a la par del
carruaje a galope corto. Y cuando se juntan, o marchan a la par, los hombres
gritan y dan alaridos, y el eco resuena en la llanura “¡Ah, mi patrón! ¡Mi
patroncito!”, galopando detrás de Bond Head.

Los ingleses admiran la destreza de cabalgar, de tratar a los caballos, “a
veces cruel”, dice Head, pero no puede ser de otra manera. Los cabal os no
trotan, galopan, y esa es la gran diferencia. Son eximios jinetes: los británicos
se quedan boquiabiertos cuando, yendo al galope sueltan las riendas sobre el
pescuezo del caballo, sacan del bolsillo una tabaquera con picadura y, con un
pedazo de papel o chala, arman cigarrillos y luego los encienden con el
yesquero.

Cabalgando por las pampas nuestros viajeros observan algo digno de
mención: una constante sucesión de gauchos, observándolos. Se dan cuenta
que los muchachos y los viejos andan más rápido que los jóvenes. Los
muchachos carecen de discernimiento, pero son tan livianos y atrevidos que se
deslizan por el campo muy ligero. El gaucho anciano es buen jinete y, aunque
su paso no es tan rápido como el del muchacho, sin embargo, por ser
constante y uniforme, llega a la meta casi al mismo tiempo.

Al principio el galope constante dejaba a nuestro viajero muy aturdido, tanto
que apenas se tenía en pie, pero luego se fue acostumbrando y la travesía se
convirtió para él en “la vida más deliciosa posible que se pueda disfrutar”. Dice:
“Es deliciosa por su variedad y por la manera natural de reflexionar que
fomenta pues, en el gris matinal, cuando el aire está todavía helado y tónico,
cuando los ganados parecen salvajes y amedrentados y, cuando la naturaleza
entera tiene aspecto de juventud e inocencia, uno se permite sentimientos y
meditaciones que es tan agradable acariciar; pero el calor diurno y la fatiga
corporal gradualmente traen a la mente la razón; antes de ponerse al sol

muchas opiniones se modifican y, como en la tarde de la vida, se ven atrás con
melancolía las apacibles locuras de la mañana”.



Rumbo a la ciudad de San Luis

Al quinto da de la salida de Buenos Aires llegan nuestros amigos a la Posta
de El Morro. A este espacio infinito vigilado por la montaña, que siempre está
un poco más al á y cuyo sobrecogedor silencio apenas se quiebra con el
galope de los caballos, o el balido de algún rebaño, o los alaridos de alegría de
los peones espoleando los caballos, llegan estos hombres vencidos por el
hambre y el sueño. Clavada en medio de esta inmensidad se encuentra la
Posta de El Morro.

Francis Bond Head es un verdadero poeta al retratar con minuciosa
sensibilidad y hondo compromiso humano la pequeña historia cotidiana; las
pinceladas críticas y cargadas de humor asoman aquí y al á. Y sobre todo la
presencia de la naturaleza es un elemento dominante, porque de ella extrae
imágenes de imponente bel eza, porque uno siente al lado de sus
descripciones que la trivialidad de los hechos es solo aparente, que el pequeño
retrato de los que les ocurre durante el viaje y el paso por esta provincia,
cuando se lo traza con pincelada sutil, esconde muchas verdades sobre la
condición del hombre de esta tier a. Esto no nos debe avergonzar, muy por el
contrario, porque uno siente lo provinciano muy cerca, en las vertiginosas
cabalgatas, en el aire frío del amanecer o en el viento que dibuja formas en la
hierba, o en la descripción de los míseros lugares donde deben dormir, o en el
sabor de las comidas con que nuestros comprovincianos los agasajan –aunque
se trata de un trozo de carne mal asado o un trago de vino refrescante-. Todos
estos elementos hacen de la lectura de esta obra un verdadero placer.

A la ciudad de San Luis, que se encontraba a una distancia de treinta y seis
millas, llegan con los caballos agotados de tanto cabalgar y el sol ya casi
ocultándose. Ar iban primero a un rancho en las cercanías de la ciudad, donde
una muchachita les informa que se hallaban cerca de San Luis.

Llegan y preguntan si hay alguna fonda o lugar donde dormir, a lo que la
gente del rancho contesta “No hay señor, no hay”. Preguntan si hay camas; la
respuesta es “No hay, señor, no hay”, y luego “¿Hay café? Y otra vez “No hay,
señor, no hay”, siempre exactamente en el mismo tono.

Como vemos, era inútil seguir insistiendo. Al fin l egan a la ciudad y
encuentran la posta. El maestro de posta estaba en la puerta, y ante las
preguntas de los viajeros contesta “Lo que quiera, señor, tenemos de todo”. El
maestro explica que tiene <<carne de vaca y gallinas>>. Piden gallina y se
retiran a descansar, en una cama que dejaba mucho que desear. Luego
nuestro relator busca un guía que lo l eve a la casa del gobernador, pues era

de noche y se veía poco. De acuerdo con la fecha en que Head visita San Luis,
estimamos que se trata del gobernador José Santos Ortiz.

El mandatario no se encontraba en la casa, por lo que es recibido por la
esposa, sentada en la cama y rodeada de damas. Al ingresar en la habitación
las mujeres le ofrecen asiento pero él se niega y se dirige rápidamente en
busca del coronel de la milicia, quien tampoco se encontraba en su casa.

Este singular hecho -el inglés visitando formalmente a la gobernadora en
su propia habitación está relatado por un antepasado de quien esto escribe,
Carmen Guiñazú de Ber ondo, quien lo transcribe en su libro “El búho de la
tradición” con un estilo muy agudo y ameno, en un tono casi risueño. Para el a
esta descripción es ofensiva y casi imposible de creer, pero es muy valiosa su
observación. “Cuenta el aludido señor (Bond Head) que en ausencia del
gobernador (en este caso como en otros se ha olvidado de anotar apellidos
quien sabe si por falta de memoria o por exceso de prudencia) lo recibió la
esposa sentada en la cama”. “El hecho es dudoso, -continúa Carmen Guiñazú
de Berrondo- pues nuestras abuelas eran lo bastante recatadas como para
permitir a un extranjero penetrar en el santuario de sus intimidades. Muchas de
las señoras de aquel a época se instruyeron en colegios religiosos de Córdoba,
Mendoza o Santiago de Chile, institutos de refinada educación…”.

Con respecto de este hecho debemos decir que un caso de similares
características es relatado en 1822 por la dama inglesa María Graham en su
libro “Diario de mi residencia en Chile”. Dice María Graham: “Visité a doña
Mercedes del Solar, cuyo padre Don Juan Enrique Rosales, fue uno de los
miembros de la primera junta del gobierno revolucionario de 1810. Es una
hermosa y distinguida señora, conoce bastante bien la literatura francesa y
habla el francés a la perfección. Me recibió en su dormitorio que, como he
dicho antes, es usado con frecuencia como sala de recepciones”. Y continúa:
“Rodeábanla graciosos niños y algunas lindas sobrinas. Tenía junto a el a una
pequeña mesa con libros y útiles de costura y delante un gran brasero de plata
maciza artísticamente labrado, y con tenazas de plata cincelada. Ya había visto
otros de la misma clase, pero aquí parecía guardar armonía con el resto del
mobiliario y con las personas”.

Como podemos comprobar era esta –recibir en el dormitorio- una
costumbre muy chilena difundida como otras costumbres de la época muy
probablemente en casi todo Cuyo.

Retomando nuestro relato lo cierto es que Bond Head fracasó en sus
intentos de ser recibido por alguna autoridad. Al llegar al cuartel lo hacen
acompañar de regreso a la posta y se imparten órdenes de que sea bien
tratado. El retorno a la posta es una caminata a la luz de la luna, “no se ven
casas sino huertas cercadas con tapiales”, observaba nuestro viajero.

Una nueva frustración le espera a Head al l egar a su hospedaje: la cena no
ha sido preparada. La gallina que el inglés esperaba servir en su plato aún está
viva en los brazos de una muchacha, envuelta en un poncho.


Se conforma entonces con un enorme queso que le tiende la muchacha,
quien insiste que lo tome entero, ya que no puede ofrecerle pan. Bond Head se
retira a su cuarto, una habitación blanqueada, con el piso muy sucio y una
cama en mal estado, come un poco de queso. Permanece algunos minutos
filosofando sobre el estado de la provincia de San Luis y, finalmente, se queda
dormido.



Viaje a La Carolina

Salen de San Luis muy temprano a las minas y lavaderos de La Carolina,
situada en las sierra al norte de la ciudad. Al avanzar arrean una tropilla de
caballos.

Al medio día l egan al punto donde el camino comienza a subir. Los cabal os
se detienen al borde de un precipicio cortado a pique, que termina en un
torrente. Formando semicírculos alrededor de el os, los peones tratan de
mantenerlos juntos por medio de lazos, pero los animales se encuentran muy
asustados. Los hombres temían que rodaran todos al precipicio, cuando
sorpresivamente uno de los caballos cae al vacío y queda colgado “del modo
más extraordinario”: de las patas delanteras, con el hocico tocando el suelo.

Con una destreza que deja a todos estupefactos, un peón enlaza al cabal o
de la cola. Luego todos tiran y con gran esfuerzo consiguen sacarlo. Cuando
Head que mientras era izado, el caballo permaneció inmóvil, poseído por la
certeza de que un sólo movimiento hubiera sido fatal.

Continúan la senda montañosa que se vuelve cada vez más escabrosa,
tanto que por momentos deben apearse y continuar a pies.

Por la tarde llegan a un arroyuelo que los conduce a un rancho miserable
cerca de la mina. Un hombre les ofrece dormir debajo de una ramada (tan
típica de nuestro campo), oferta que los viajeros se apresuran a aceptar.
Recorren después el pueblito donde encuentran gente muy pobre, que los
recibe como a “unos ingleses ricos que les van a dar de todo”. Pero la realidad
no es así, ya que ellos vienen solamente a inspeccionar las condiciones en que
se hallaban las minas (lo cual no es tema de este libro).

Esa noche pernoctan en el suelo de la ramada mientras duermen,
iluminados por la luna, sienten acercarse a un perro muy bravo que los olfatea
y finalmente se acuesta entre ellos.

Todo el día siguiente transcur e en las minas y lavadero. Por la tarde se
dirige Head a una de las viviendas de los lugareños y se agacha a buscar oro
en el jardincito. “Realmente pude encontrar pequeñísimas partículas, y era
singular dar con tal producto en jardines de gente pobrísima”.


Destaca Head que los lugareños no aceptan duros –que circulan en toda
Sudamérica- a cambio de pepitas de oro, porque las costumbres para ellos es
trocar oro por plata. Ante el ofrecimiento de los ingleses se rehúsan al
intercambio y contestan “no vale nada”. Dice al respecto Head: “Entre
montañas tan salvajes, la verdad moral de su afirmación penetro muy
fuertemente en mi cerebro”.

A la mañana siguiente emprenden el regreso a San Luis, distante unas
sesenta millas.

Según se desprende de la lectura de sus notas, Bond Head pasó dos o tres
veces por San Luis. Hay que destacar la observación que hace del hombre de
campo, la descripción de sus costumbres, y la maestría con que relata sus
encuentros por los caminos con personajes del lugar, tanto hombres como
mujeres, o sus enfrentamientos –sin consecuencia fatales- con los indios.

De su último paso por la provincia rumbo a Buenos Aires fueron tomados
los siguientes pasajes, sumamente interesantes.


En la posta de Desaguadero

Después de galopar cerca de una hora viniendo esta vez de Mendoza, llega
el viajero a las márgenes del río Desaguadero, al que encuentra muy crecido,
hondo y rápido. No encuentra en el momento más que una balsita donde
colocan el equipaje y tratan de cruzar el río, luego se preparan para pasar el
carruaje, hasta la posta de Desaguadero. Bond Head se saca la ropa y la
coloca en el bote, al cuello se ata un pañuelo de seda y al í coloca el reloj para
que no se moje. Luego se echa con su caballo al río, que nada muy bien hasta
la otra orilla. Al llegar un gaucho le comunica que debe abonar una suma de
dinero por cruzar el río; Bond Head responde que pagará una vez que cruce el
coche.

Preparan el coche para bajarlo al río atado por delante y detrás con fuertes
sogas. El vehículo desciende lentamente por una barranca de más de 45
grados, pero a pesar de que era sujetado por caballos y peones, entró al río
casi volcado y hubo que enlazar muchos caballos para enderezarlo.

Finalmente logran cruzar, con el coche sumergido hasta la mitad de su
altura.

Dice Bond Head: “Encontré el sol tan fuerte que varias veces nadé a cabal o
para refrescarme y luego galopé por la oril a opuesta al río y no puedo expresar
la sensación deliciosa de libertad e independencia que se disfruta galopando
desnudo en un caballo en pelo”.

Continúa su camino hacia la Posta de La Represa, que es la última antes de
llegar a San Luis, distante 51 millas, mudando caballos de los que llevan
sueltos delante del coche. Esta etapa es el ejemplo más típico que conoce

Head de Sudamérica, y la cuenta así: “Salimos galopando con setenta cabal os
por delante. Todos iban sueltos, y el campo era de arena caliente, cubierto de
árboles y zarzales. Los árboles principales son algar obos de forma y tamaño
de manzano y lo suficientemente altos como para ocultar los caballos. Este
arreo de animales salvajes iba a cargo de un peón y un muchacho y era
sorprendente, cuando yo galopaba por el camino, ver a estos sujetos cruzar
constantemente como flecha a la senda delante de mí, en persecución de los
caballos, que nunca se veían en el camino. En l anuras pastosas también es
admirable ver cómo se ar ean las tropillas de caballos y es bello ver el
despliegue de equitación, viendo a los gauchos a todo correr entre los árboles,
a veces en el costado del caballo, y otras agachados sobre el pescuezo para
evitar las ramas”.

El camino así descripto nos da una idea de cómo era en aquel a época. Es
una senda, un espacio despejado de grandes árboles, pero a menudo cubierto
de arbustos que se doblan al paso del carruaje o de los caballos.

Llegan a la posta dos horas antes que el carruaje y encuentran que la cena
ya estaba lista. El maestro de posta es hermano del gobernador de la provincia,
y en el momento de arribar el contingente se encuentra en la capital, visitando
a su hermano.

Duermen aquella noche en la posta, o más bien afuera, en el suelo. Y dice
Head: “era curioso ver por la mañana los diferentes grupos de gente que
también habían dormido al í, vistiéndose –hombre, mujeres y niños- todos se
sentaban como recién salidos de la tumba, rascándose, restregándose los ojos
o atándose la ojotas; las gal inas picoteaban a su alrededor particularmente
donde habíamos cenado. Los per os grandes caminaban muy despacio con la
cola entre las piernas en dirección al cor al, donde había provisión de alimentos
para ellos. Los chicos todavía dormían, cada uno en un cuero de oveja, en el
suelo sin almohada, tapados solamente con un pedazo sucio de frazada, y a
veces las gallinas se les encaramaban encima”.

Después de esta escena tan patética –y parecida a muchas otras que
refiere Head- dejan la posta de La Represa y galopan hacia San Luis, ciudad
que visitan –calculamos- por tercera vez.

El maestro de posta de San Luis le comunica que debe ir a ver al
gobernador, que lo está esperando a raíz del problema que se suscitaran con
el hombre que lo intercepto en Desaguadero y que –según Head- le quiso
cobrar demasiado por cruzar el río. Ese hombre resultó se un juez de la
provincia.

Nuestro viajero busca un saco blanco de hilo entre las ropas que traía en
las maletas. Cabe recordar que éstas se habían mojado completamente al
hundirse el coche que las transportaba en el cruce del Desaguadero. A pesar
de que lo encuentra todo mojado, se viste lo mejor que puede y parte hacia la
casa del gobernador. Como conoce el camino, parte con el juez y el ordenanza.


Encuentra al gobernador parado en medio de la plaza, rodeado de algunos
oficiales y una tropa de reclutas que serían despachados a Buenos Aires. Este,
conocedor de lo acontecido con el juez de Desaguadero, le permite que de su
propia versión de los hechos. El inglés, que se manifiesta respetuoso de
gobiernos y jueces, objeta la conducta del juez sosteniendo que no se
encontraba vestido en aquel momento como correspondía a su investidura,
sino que “estaba envuelto en un poncho sucio, bebiendo aguardiente con los
gauchos”. Explica las circunstancias y el gobernador amablemente zanja la
cuestión y da por terminado el problema. Además dispone que su propio
herrero componga el coche, que se había averiado en el río.

Mientras se realiza la reparación nuestro viajero recor e la ciudad. Cada
casa –observa Head- tiene un jardín amplio donde hay frutales (higueras,
parras y durazneros). Las paredes de los jardines con frecuencia dan a la calle,
lo que confunde a los viajeros ya que dentro de esas paredes y en medio de
esos árboles se encuentran las casas, algo típicamente cuyano. Llama la
atención también a Head que la población tiene la costumbre de dormir de
doce a cuatro o cinco de la tarde. Como vemos, la siesta sigue fuertemente
arraigada. Dice el inglés de los pobladores de San Luis: “Están lejos de tener
lujos”.

A pesar de que ya es tarde deciden emprender camino hacia la siguiente
posta, una antes de llegar a la del Morro –estimamos que se trata de la Posta
del Río Quinto-. Head galopa sólo por la inmensidad de la l anura. Han
atravesado ya la zona de monte, y ahora transitan extensiones cubiertas por
paja oscura y amarilla que, exceptuando unos pocos árboles diseminados, es
la única vegetación que se ve. “La paja es la producción única, y en verano,
cuando está alta, es lindo ver el efecto del viento pasando por esta extensión
salvaje de pasto ondulante; los matices entre el oscuro y el amarillo son bellos
–el espectáculo plácido, más al á de toda descripción- “(…)” No se ve ninguna
habitación ni ser humano, excepto en ocasiones, la salvaje y pintoresca silueta
del gaucho y del horizonte”.

“El poncho escarlata volándose por detrás, las boleadoras girando encima
de su cabeza y, cuando se agacha hacia su presa, estirando todos los nervios
del caballo, delante va el avestruz que persigue”. Como si no pudiera
separarlos, Head pasa de la descripción de la naturaleza a la de los tipos
humanos, y nuevamente a la naturaleza: “El campo, en esa parte, no tiene
rasgos sorprendentes pero posee, como toda la Naturaleza, diez mil bellezas.
Tiene también la grandeza y magnificencia del espacio, y hal é que cuanto más
se cruza, más encantos se descubre”.

En esta meditación, continúa al galopito el camino hacia la siguiente posta.
Disminuye la velocidad de su cabalgadura pues casi no distingue el camino y,
más que a la oscuridad que lo rodea, teme a las vizcachas, que constituyen el
peligro más ter ible para los jinetes de esta zona. Ansía l egar a la posta, pues
era el rancho más cercano que podía alcanzar pero, en su marcha a ciegas, se
topa con un gaucho que le advierte que es imposible seguir andando en esas
condiciones. Lo mejor es no continuar, dice, pues el camino está infestado de
vizcachas, e inmediatamente desmonta y desensilla. Head decide aceptar el

consejo y se dispone, con su circunstancial compañero, a pasar la noche en
ese lugar para lo cual preparan las monturas como cama. “No veía nada –
relata-,pero el gaucho y yo hicimos camas juntas”. Al acostarse, el gaucho
tomó las riendas de su cabal o y lo ató alrededor de su cuel o; al instante se
durmió.

Hacia la media noche Head se despierta ante la inminencia de una tormenta
anunciada con truenos y relámpagos. La oscuridad les impide encontrar un
lugar donde refugiarse, por lo que se limitan a taparse con la corona de la
montura, que en tiempo seco sirve para acostarse. Se despierta nuevamente al
amanecer, pero esta vez la causa es el sol y el calor húmedo. A lo lejos siente
una canción alegre: es el gaucho, que viene con el caballo. El animal ha
extraviado el freno, pero Head hace unas riendas con sogas y prosigue su
marcha hacia la posta, distante trece millas.

Allí, en la Posta del Río Quinto, desayuna, mientras le consiguen otro
caballo. No hay pan, ni leche, pero consigue dos huevos y una anciana le
calienta charqui en las brasas. De pronto, es rodeado por mujeres y
muchachas, mal vestidas y semidesnudas, que le piden si puede darles yerba o
azúcar; le piden “por caridad”.

Una vez ensillado el caballo, continúa su camino al galope, con una
sensación de bienestar y, sintiendo el aire en la cara, ve el paisaje que rodea al
Morro y se llena de admiración. También lo regocija la estampa de unos
muchachitos que ve pasar cabalgando, antes de llegar a la posta y dice: “es la
tela de la naturaleza no hay figura más bel a que el niño que anda bien a
caballo; el traje pintoresco del gauchito aumenta muchísimo su gracia (…)
aunque la forma del cuerpo va oculta por el poncho, la manera de acompañar
el movimiento del caballo es particularmente elegante”.

Admira la forma de montar trepando por la cola a los caballos de los
pequeños, que no alcanzan el lomo, como los adultos. Todo es un juego para
ellos, trepar por la cola de los caballos y galopar sorteando las cuevas de las
vizcachas lo divierte muchísimo.

Cuando llega al Morro resuelve esperar allí a sus compañeros que vienen
más atrás en el coche. Comienza a recorrer ese pequeño pueblito y lo
describe, a la luz del sol quemante del mes de enero o febrero, como un paraje
sumamente desolado. “La soledad, dice Head, se altera únicamente con el
paso de alguna mujer que se protege del sol sobre la cabeza con las manos o
el rebozo, al cruzar las calles que separan los ranchos a ambos lados”.

En esa época, la localidad de El Morro se componía de ranchos de paja,
como de costumbre, sin ventanas o con alguna ventanita muy pequeña,
construida a los fines de dejar salir el humo o poder ver quien se acerca desde
un lugar que no puede ser percibido desde el exterior. Puede decirse que más
que ventanas, son pequeños huecos. En la actualidad todavía se pueden
observar en algunos ranchos de nuestro campo.


La descripción del pueblo que realiza Head no difiere demasiado de la
descripción de toda la campiña sudamericana, retratada muy bien por
numerosos escritores.

El calor, las moscas zumbando, los caballos atados a las tijeras del rancho,
un viejo caballo domesticado cazando las moscas que vuelan a su alrededor.
“La atmósfera temblaba con el calor y resonaba con el zumbido agudo de
millones de moscas que disfrutaban del sol”. Esto decía en 1825 Bond Head de
El Morro. Como de costumbre, no hay comida lista a su arribo, hasta que
matan un carnero. Luego de la siesta arriban sus compañeros, agotados por el
viaje y por la demora, ocasionada por una avería –la rotura de la lanza- que
había sufrido el coche. Además, se habían detenido a unas leguas de San Luis,
a comer unos corderitos.

El calor aumenta con el correr del día. Después de cenar, se acuestan a
dormir a la intemperie. Todo es calma hasta la medianoche, en que son
despertados por un violento torbellino que hace volar ropas, ruanas y era tanto
el polvo que casi no se podía respirar “todo era tiniebla”, dice Bond Head,
cuando de repente un relámpago bril ó sobre el os. Los truenos eran más
fuertes que de costumbre y luego se precipitó la l uvia. El viento era
huracanado y el cerro se iluminaba majestuosamente por la tormenta. Bond
Head dice que nunca se sintió tan cerca de lo sublime y lo ridículo: lo sublime
era el ruido de la tormenta, la violencia de los relámpagos, el imponente
espectáculo de la naturaleza. Lo ridículo eran sus compañeros, cor iendo y
gritando en paños menores, buscando frenéticamente sus cosas en medio del
vendaval. Un coronel francés que viajaba a Mendoza, gritaba y daba órdenes
desde su catre de cuero a su sirviente, que no hacía más que santiguarse e
implorar con plegarias que cesara la tormenta. De repente, en medio del caos y
el estruendo, comienza a sonar la campana de la vieja iglesia. El misterioso
tañido deja a todos paralizados.

Por fin los empapados huéspedes de la posta logran acomodarse en el
rancho y pasar el resto de la noche a resguardo hasta el amanecer, donde todo
vuelve a ser calmo.

Por la mañana alistan todo para la partida, y el coronel francés y Bond Head
resuelven hacer una visita al cura. “Vestía hábito sucio de zanga blanca, atado
a la cintura con cordón para azotarse, su estatura era mediana y no obstante,
pesaba más que cualquiera, su pescuezo era tan macizo como novil o y no se
había afeitado en muchos días”.

“En un cuarto sin ventanas –prosigue Head- había dos o tres libros viejos,
cubiertos de polvo, y un pequeño crucifijo colgaba de la pared”. El objeto de la
visita era averiguar si el clérigo había sido el responsable del repicar de la
campana en medio del vendaval, la noche anterior. “Oh, no” responde éste
ante las preguntas de los viajeros, “dormí profundamente toda la noche”. Los
dos extranjeros se retiran sin haber esclarecido el misterio.

A raíz de que sus compañeros no se encontraban en condiciones de partir
debido al temporal, Bond Head resuelve cortar camino acompañado por un

muchachito que no parece tener aún ocho años de edad. Sigue a este niño
unas cuantas leguas y se entretiene mucho con los cuentos que le narra, llenos
de picardía y gracia.

Comienza a llover, y el muchachito a cada rato exclama ”Quien sabe!”
quiere decir “quien sabe cuando l egaremos”. Finalmente comienza a dar voces
y señala a lo lejos “un cristiano ar iando unos cabal os”. El inglés y el pequeño
baqueano se acercan al hombre, y éste les señala el camino hacia la posta.

Llegan a la Posta del Portezuelo, encierran los caballos en el corral, y el
maestro de posta, en cuya casa había dormido varias veces, le da un cabal o
de galope largo y un “hermosísimo gaucho como guía”.

Head y su nuevo compañero de viaje mantienen una larga conversación
mientras galopan, el inglés hal a que el gaucho era “de un espíritu muy noble”.
Deseaba saber acerca de las tropas enviadas por el gobierno de Mendoza para
responder al gobernador de San Juan, que acababa de ser depuesto por una
revolución. “El gaucho estaba muy indignado por esta intervención, y mientras
galopábamos me explicaba con muchos ademanes finos, lo que era bastante
claro”: que San Juan era tan libre para elegir gobernador como Mendoza, y que
Mendoza no tenía derecho de imponer a San Juan un gobernador que el
pueblo no aceptara. Luego hablo de la situación de San Luis. Por algunas
preguntas que Head le formula durante la conversación, el gaucho pone de
manifiesto que nunca había estado en esa ciudad. “Santo cielo!”, se asombra
Head. Y así naturalmente, el hombre le cuenta que nunca ha salido de esa
zona. El inglés le pregunta su edad, y el criol o le responde “Quién sabe”.

“Era inútil hacerle más preguntas; así, mirando en ocasiones su figura y
cara particularmente hermosas, recordando las opiniones varoniles que me
había expresado sobre muchos temas, pensaba qué diría la gente en Inglater a
de un hombre que no sabía leer ni escribir, ni nunca había visto tres ranchos
juntos”.



CAPÍTULO IV

Samuel Haigh (año 1829)

Con sólo veintidós años emprende el viaje de Buenos Aires a Chile, l eno de
interés y de vigor, a pedido de una firma comercial de gran opulencia y
respetabilidad de Londres.

En 1829 publica en Londres la primera edición de su relato, “Bosquejos de
Buenos Aires, Chile y Perú”.


En el capítulo IV, precisamente en la página 47 de esa obra, relata su
estadía en San Luis al encontrarse de paso para Chile. “La Punta de San Luis
tiene cinco mil habitantes y es el único lugar de relativa importancia en todo el
trayecto de Buenos Aires a Mendoza”, afirma. “La entrada allí no es
impresionante (…). Se efectúa por largas cal ezuelas de tapias cor idas a
ambos lados”.

A lo largo de este tramo, en que ingresa a la ciudad, Haigh observa la
desolación de las cal es, hasta l egar a la iglesia. “Como de costumbre, la
iglesia principal y la Casa de Gobierno están en la plaza”. Le impresiona la
pobreza del lugar: “La gente forma un conjunto mal vestido, sucio, y todo el
lugar presenta aire de ser azotado por la pobreza”.

Junto a los viajeros que lo acompañan –extranjeros también-, se dirigen a la
casa del gobernador quien, metido en su poncho y fumando, los recibe y firma
los pasaportes.

“El comercio del lugar se compone principalmente de ganado y cueros”,
observa el inglés. “Hay pocas tiendas de artículos europeos, ropa, fer etería,
loza, etc.”. Estas carencias tienen como contrapartida otro tipo de riqueza: “San
Luis abunda en frutas: duraznos, uvas, melones e higos; el alimento principal
es la carne y el maíz”.

El extranjero observa a los habitantes de la ciudad y los compara con los de
la llanura. “Me parecieron de mejor aspecto en lo tocante a indumentaria y
civilización”.

La descripción que ofrece Haigh de su paso por la ciudad de San Luis es un
relato sobre una geografía elemental y misteriosa, bel amente incorporada en
pinceladas sutiles y poéticas, como un ámbito inseparable de las costumbres,
ceremonias, creencias, miedos y sueños de los puntanos.

Uno de los mejores momentos de este capítulo es su acercamiento a las
mujeres del pueblo. Dice: “Algunas jóvenes son muy hermosas, de color
aceitunado rosado, con carrillos encendidos de salud, adornados por un par de
ojos negros como azabache”.

Con humor continúa: “Mi corazón se disponía a der etirse cuando primero vi
a la hija del maestro de posta; nunca contemplé rostro más simétricamente
bello, sus grandes ojos lánguinados parecían emitir cor ientes de luz y el
hoyuelo travieso de su barba hacía la visión del todo cautivadora”.

Pero ¡ay! Al deslumbramiento sigue la gran desilusión. La figura de la niña
no correspondía al rostro descripto por Haigh. El a era una mujer de dieciséis
años que estaba de novia e iba a casarse “con un zote gaucho largo”. El inglés
observa la relación: “Con su novio en la puerta de la casa paterna fumaban y
conversaban con tanta gravedad, como si fueran marido y mujer”.

Haigh sentencia: “Las muchachas generalmente se casan de catorce o
quince años, pero antes de los treinta parecen viejas, todas marchitas, secas y

arrugadas”. Las razones que esgrime son poco convincentes desde la óptica
actual: “Esto proviene mucho de falta de aseo, sequedad del clima y constante
contacto con el humo de los fogones de leña”, afirma, con la seguridad de un
experto.

Cuando todavía se encuentra sumido en estas reflexiones, l egan de visita –
con la natural cortesía y hospitalidad propia de los puntanos-, la familia del
administrador de correos y varios habitantes más.

En la reunión, las jóvenes cantaron y tocaron la guitarra, y algunas parejas
bailaron “la danza india del país, cuyas figuras son el reverso de las
gazmoñería”.

“Hubo también una danza de castañuelas que me gustó”, anota.

Las visitas se retiraron a las once. Tras vanos intentos por conciliar el
sueño, el extranjero se larga a recor er las cal es completamente desiertas,
donde el único sonido era “el prolongado aul ido de los per os que daban
serenatas a la luna”.

Así termina el encuentro entre dos tradiciones, dos culturas distintas. El
escenario donde ha tenido lugar este acercamiento es un paisaje singular, lleno
de sorpresas para el extranjero. Es el hábitat donde se proyecta naturalmente
el habitante de estas tierras, con el que se identifica y del que se recibe la
imposición de un ritmo de vida, una noción del tiempo, difícil de comprender
para el lector actual. Es una simbiosis del hombre con el medio que, para
nosotros, es el correlato histórico del realismo mágico, y también una
irresistible nostalgia para el “paraíso perdido”.

En este libro, editado en nuestro país por primera vez en 1920, por edición
de La Cultura Argentina, se destaca una reseña del gaucho muy certera y
bella: “He mencionado que los habitantes de la pampa se l aman gauchos; no
existe ser más franco, libre e independiente que el gaucho. Usa poncho tejido
por mujeres, (esta prenda) es del tamaño y forma de una frazada pequeña con
una abertura en el centro para pasar la cabeza; por consiguiente, sirve para
preservar del viento y la lluvia, y deja los brazos en completa libertad. El
poncho en su origen es prenda india, se hace solamente de lana y es
bellamente entretejido con colores; a veces se usa colgado de los hombros,
otras como chiripá liado y siempre frazada por la noche”.

Continúa describiendo los elementos del atuendo: “La chaqueta es de paño
ordinario, bayeta o pana; los calzones, abiertos en las rodillas, son de la misma
tela, la delantera de la chaqueta y las rodillas generalmente se adornan con
profusión de botoncitos de plata o filigrana. Sus espuelas son de plata o hierro,
sobre botas de potro, con enormes rodajas y agudos pinchos; sombrero pajizo
y pañuelo de algodón atado alrededor del rostro, completan el traje. Su
montura es siempre armazón de madera retobado en cuero y se l ama ‘recado’,
tiene forma de silla militar y se cubre pellones y piel de carnero tejida; no se
estilan hebillas para asegurar la montura, siendo la cincha de delgadas tiras de
cuero, adheridas a una argolla de hierro o madera que se une, mediante un

correón, a otra argol a más chica cosida en la sil a; el estribo es de madera o
plata, el primero es solamente bastante grande para dar cabida al dedo gordo
del pié; pero la mejor gente siempre usa el segundo, que es el mayor. El freno
es como el de los mamelucos, con barbadas de hierro, duro y áspero”.

“La matra –continúa- es la cama del gaucho y así se asegura el alojamiento
donde quiera que lo tome la noche. Siempre lleva lazos y boleadoras que arroja
con admirable precisión al pescuezo opatas de un animal y al instante lo
detiene”.

“Un gran cuchil o de catorce pulgadas de largo, atravesado al tirador, o en la
bota, completa el equipo gauchesco, y así sencil amente armado y montado en
su buen caballo, es señor de todo lo que mira”.

“El jaguar y la puma (sic), el potro o el toro bravío, la gama y el avestruz, le
temen lo mismo –se admira Haigh-, no tiene amo, no labra el suelo, difícilmente
sabe lo que significa gobierno, en toda su vida quizás no haya visitado una
ciudad”.

“Algunos gauchos jóvenes me han dicho que eran a veces desgraciados
‘por amor’, pero cuando l egan a los años de discreción, nunca se les oye
proferir queja contra su destino. En efecto, constituyen una raza con menos
necesidades y aspiraciones que cualquiera que yo haya encontrado”.

El inglés no oculta su admiración: “Nada puede dar al que le contempla idea
mas noble de independencia que un gaucho a caballo, cabeza erguida, aire
resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien adiestrado caballo, todo
contribuye a dar el retrato del bello ideal de la libertad. Su rancho pequeño y
cuadrado, con postes de sostén y varillas de mimbre entretejidas, revocadas
con barro, y a veces solamente protegidas con cueros. El techo de paja o
juncos, con un agujero en el centro para dar escape al humo; pocos trozos de
madera o cráneos de cabal os sirven de asiento, una mesita de diez o doce
pulgadas de altura, para jugar a los naipes, un crucifijo colgado en la pared y a
veces una imagen de San Antonio o algún otro santo patrón, son los adornos
de su morada. Pieles de carnero para que se acuesten las mujeres y niños y un
fueguito en el centro, son sus únicos lujos; el gaucho en su casa siempre
duerme o juega. Pocos frutales a veces se encuentran cerca del rancho”.

Con similares términos se refiere a la compañera del gaucho: “Las mujeres
de los gauchos se visten con camisas de algodón burdo, enaguas de bayeta o
picote azul, que dejan descubiertos los brazos y cuello. Cuando salen a caballo
usan chales de bayeta de color vivo y sombreros masculinos de paja o de
lana”.

“Se sientan de lado a caballo y son tan buenas jinetes como los otros. Las
mujeres se ocupan en cultivar un poco de maíz, que les sirve de pan, también
cosechan sandías, cebol as, y tejen bayetas y ponchos ordinarios”.


“El uso del tabaco –precisa Haigh- es común en ambos sexos, lo consumen
en forma de cigarrillo con tabaco envuelto en papel o chala. Sus útiles de
cocina son generalmente de barro cocido y sus platos de madera”.

He visto en uno de estos rancho míseros una fuente de plata, pero tan
negra de suciedad que fue necesario rascarla con cuchillo para cerciorarse de
su calidad”.

“Los gauchos son muy aficionados al aguardiente de uva, pero rara vez
caen en aquel estado de ebriedad tan común en las clases más pobres de
Inglaterra”.



CAPITULO V

Samuel Greene Arnold (año 1848)

El siglo XIX se nos aparece hoy como una época sumamente bel a y
misteriosa: grandes acontecimientos
políticos y sociales, desar ol o
descollantes
personalidades,
descubrimientos
científicos,
cor ientes
humanísticas, la industrialización, revolucionarios movimientos artísticos y
musicales… El siglo XIX es el humus del que surgieron los prodigiosos
avances del siglo XX.

Samuel Greene Arnold es una muestra de ese espíritu insaciablemente
curioso y aventurero del europeo del siglo XIX. Podría inclusive aventurarse
una comparación con los personajes de Julio Verne, cuando leemos su diario
de viaje: “…es una noche espléndida y pensé en mi situación interesante aquí,
en el corazón de América del Sur, con una guer a contra los indios en todas
partes a mi alrededor y con la misma probabilidad de que nos ataquen aún a
nosotros. Son las aventuras correspondientes a viajar fuera de los caminos
trillados y se acomoda a mi variación…”

“Viaje por América del Sur” es el diario de viaje prolija y minuciosamente
anotado por este joven norteamericano, oriundo de Providence, durante un
período que va de 1847 a 1848, destinado a la mujer que a su regreso se
convertiría en su esposa. Comprende la nar ación del itinerario seguido por el
autor desde Southampton a Brasil y luego al Río de la Plata y a Chile por la
Cordillera de los Andes.

En este último tramo donde nos detendremos porque al í encontramos con
alegría la descripción de su paso por San Luis. Vale la pena acotar que tal
descubrimiento se produjo en una vieja librería, al lado de la Iglesia de
Balvanera, en Buenos Aires. El ejemplar que hallamos pertenece a la edición
efectuada en nuestro país en el año 1951. El diario de Samuel Greene Arnold

es citado por Sarmiento en uno de sus escritos donde hace referencia a “un
libro de apuntes de viaje” que había hojeado en casa del mismo Arnold
vicegobernador de Rhode Island (Estado Unidos) en 1865. Con ese dato le fue
posible a David James obtener de los descendientes del autor una copia del
diario, con el fin de enriquecer la biblioteca de viajes, que tanto contribuye al
conocimiento y valorización de nuestra propia idiosincrasia.

Lo cierto es que la pluma de Arnold lleva al lector por los salones de la
época, describe con precisión desconocida aún en nuestros escritores el
paisaje y las costumbres, y comenta inteligentemente el momento político
además de ofrecernos interesantes retratos de los personajes de la época. El
libro es subyugante, y posee gran valor no sólo para el historiador sino también
para el folklorista, el naturalista y para todos aquellos a quienes resulte
atrapante nuestro pasado.

Sarmiento conoce a Arnold ya en su madurez, desempeñando un alto cargo
político. Pero el personaje que a nosotros nos interesa es un joven de
veinticinco años que, después de efectuar largos viajes por Rusia y Europa, se
embarca en Inglaterra para América del Sur. En Southampton (1847) da
comienzo al diario de viaje. Arnold no quiere volver a su tierra sin antes
conocer el mundo hispanoamericano tan importante en aquellos momentos
para su propio país.

La llegada al Río de la Plata es el momento en que el diario adquiere su
mayor interés, y esto no solamente para nosotros los puntanos, sino en general
para quien haya de apreciar las cualidades intrínsecas del libro. En este punto
la visión de las cosas y de los hombres se hace en Arnold más clara y el interés
humano se agudiza: Montevideo, El Cerrito, Oribe, Rosas, Manuelita, Don
Pedro de Angelis…

Consideramos que las descripciones de Buenos Aires que presenta este
diario se encuentran entre las mejores que hayan dejado viajeros de la época o
los propios contemporáneos de Rosas, y recomendamos su lectura. Son
sugestivas y llenas de color, y difícilmente puedan encontrar parangón como
descripciones vivas y directas del Buenos Aires de 1848.

Llama particularmente la atención el relato que Arnold hace de su encuentro
con el Restaurador, y las observaciones que efectúa sobre la relación de éste
con su hija Manuelita. El norteamericano se sorprende ante la libertad de
lenguaje, el comportamiento, las bromas entre padre e hija que le resultan
extrañas y fuera de lugar.

Como la mayoría de los viajeros, Arnold ofrece testimonios reiterados del
buen acogimiento y hospitalidad de que fue objeto en casas de las familias
argentinas. Sus relatos evidencian el placer que le causaba ingresar en esos
ámbitos domésticos, en su afán de captar hábitos sociales y modos de vida
particulares de estas latitudes.




Rumbo al pacífico

Para realizar su viaje a Mendoza y luego pasar a Chile –y ante la
inexistencia de un servicio de diligencias- Arnold publica un aviso en el “Diario
de la Tarde”, tal como era costumbre. Al í anuncia su propósito y solicita
compañía para fletar un car uaje con los peones y postil ones necesarios para
la travesía. Pocos días después de aparecida la publicación, el viajero encontró
lo que buscaba.

El coche era -según Arnold- de “bastante buen aspecto para estos lugares.
Los rayos, la armazón y el eje de las ruedas están recubiertos con lonjas de
cuero. Antes se las moja y se secan puestas en el coche para mayor refuerzo.
Salimos con seis caballos: cinco en el tiro y uno atrás; cuatro peones los
montan y un postillón va en el cabal o delantero”.

Así se inicia el viaje un jueves 9 de marzo. El norteamericano viaja
acompañado por un señor Bombal, que va a Mendoza, una señora de Bar os
que viaja acompañada de un per ito faldero, y un joven de apel ido Alsina.
Diecinueve días emplean en l egar a Mendoza y a lo largo de todo el recor ido
Arnold anota en su diario todo cuanto ve y experimenta, lo cual constituye
valiosísima información sobre postas, aldeas, caseríos y estancias. El autor se
revela gran observador y sabe extraer de la realidad que lo rodea los rasgos
más ilustrativos y característicos.

Hay en su narración visiones de la pampa realmente novedosas. Arnold se
siente impresionado como ninguno por la vida en las pampas y sabe captarla
con singular actitud: “La pureza del aire en esos l anos es como en el desierto y
magnifica los objetos distantes: los cercos de tunas en las postas parecen
árboles, y en realidad tienen de ocho a diez pies de altura, y a menudo en el
horizonte los vacunos parecen majestuosos camellos”. Prosigue: “estas
pampas son maravillosas: un llano infinito como los desiertos de oriente, pero
en nada se le parecen, porque allá la muerte reina única en la soledad, y aquí
todo es vida. Enormes cantidades de vacunos, de caballos y de ovejas cubren
la rica llanura y bandadas de pájaros se ven por todas partes”. Se complace el
extranjero en describir las garzas, las gaviotas, las martinetas, los avestruces…

Arnold nos presenta también a sus compañeros de viaje; gracias a su relato
conocemos hombres originales y paradójicos como aquel mendocino de
apellido Recuero, que hace el viaje a caballo desde Buenos Aires y se
incorpora a la comitiva en la posta de Cañada del Sauce. Hombre de cierta
ilustración –hablaba latín-, trabó inmediatamente relación con Arnold.

Este hace referencia a su amena conversación, a su buen humor, y a su
disposición a tocar la guitarra sin hacerse rogar. “Recuero tocaba la guitar a –
dice Arnold- en casi todas las postas, porque siempre hay guitarras en ellas”.
En la posta de Cañada del Sauce “tuvimos baile. Recuero tocó la guitar a y
miramos bailar a los peones con dos muchachas de la posta el baile llamado
gato, acompañado con el castañeteo de los dedos”.


El resto de la escena, la choza sucia, las miradas de soslayo de las
muchachas, la poca luz, todo –dice Arnold- “formaba un espectáculo que me
hacía recordar los bailes de Almeh en Egipto, salvo que aquí la música era
distinta y el baile decente”. El grupo continúa la marcha hacia el oeste, y este
episodio del baile se repite en forma más concur ida y amena en la posta de
Achiras.

Por cierto que no faltan en el itinerario el encuentro constante con
interminables tropas de carretas y con exóticos personajes. También es
permanente el miedo a encontrarse cara a cara con el indio.



“Un pueblo luchador”

Arnold y su grupo atraviesan la provincia de San Luis entre el miércoles 22
de marzo y el domingo 26 de marzo.

La primera impresión que Arnold consigna es la que recibe al ingresar al
territorio provincial por la posta de El Morro: “No puede haber lugar más
solitario, es un pueblo luchador, de casas de barro (…) tiene 700 habitantes y
una guarnición de 150 hombres de cabal ería”.

Ya hemos visto que Arnold –al igual que los viajeros cuyos testimonios
hemos relatado- no tenía exclusivamente preocupaciones de naturalista o de
geógrafo. La gente le interesa sobremanera, es curioso y perspicaz; anota
detalles mínimos de atuendos, expresiones, hábitos.

En la posta de El Morro conoce al gobernador (es el coronel Pablo Lucero):
“Es muy gaucho –dice- y medio indio de aspecto morocho, un hombre triste, de
uniforme con galones rojos, la divisa de Rosas en el ojal y, en la cabeza, un
gorro de terciopelo bordado”. Aparentemente, el norteamericano trató de
entablar alguna conversación, pero no recibió más que monosílabos en
respuesta. “Dijo poca cosa y no estuvo mayormente cortés…”, acota Arnold.

“Esta provincia de San Luis es pobre, completamente de pastoreo y de
minas. Las minas de oro y los lavaderos están en las montañas. El resto de la
provincia son pampas, pero pobres, como matas de pasto ahora seco y
grandes arenales a causa de la sequía”, anota el norteamericano en su diario el
mismo día en que se detienen en la posta de Río Quinto.

En esta posta tiene oportunidad de penetrar en una choza en medio de los
árboles, “donde cantó para nosotros una joven ciega, con la cabeza más
lanuda de largo cabello negro que haya visto”, comenta en su diario. Para
agregar a continuación, “otra joven estaba al í y una anciana con cinco
pequeñas criaturas. Las mujeres de las pampas –prosigue- son casi todas
bonitas, muy fáciles y generalmente sucias”.


Describe el rancho de arcilla como “un miserable agujero”, aunque agrega:
“pero aquí la gente es hospitalaria como de costumbre”.

Durante la conversación Arnold se entera de la constante alarma con que
vive esta gente por la presencia del indio. Y escribe preocupado: “otra vez los
indios estaban en nuestro camino y que el lunes habían devastado la frontera
de Mendoza…”.

Demoran antes de proseguir el camino hacia San Luis dos horas y media
“por los cabal os”, transitando las 12 leguas “por el peor camino, el desierto
más triste que hayamos pasado”.

A lo largo de todo el tramo Arnold observa y anota las características del
medio natural: “No estábamos a mitad del camino cuando tuvimos la primera
perspectiva de los enormes Andes, distantes a más de 300 millas (…) De
cuando en cuando veíamos un acebo o un ar ayán, algunos arbustos de acacia
espinosa en la senda y la oscura sierra delante de nosotros”.

Más adelante se detienen, ya avanzada la noche, en un pequeño rancho
distante a sólo una legua de la ciudad de San Luis “porque el camino es malo y
peligroso”.

Mientras los moradores carnean y luego cocinan un cabrito, el
norteamericano escribe su diario dentro del rancho “l eno de chinches y pulgas,
a la luz de una lámpara alimentada a grasa der etida”, comenta.

Y luego agrega: “… es mucho más cómodo dormir en el suelo que dentro
de los ranchos”.

Al día siguiente, a las 7 y media de la mañana “después de una buena
lavada en el arroyo vecino”, parten hacia la ciudad capital.

La descripción se vuelve verdadero regocijo cuando ingresan a la ciudad,
después de 12 leguas de transitar por el pesado terreno de arena y polvo: “es
un hermoso espectáculo contemplar los jardines de duraznos y uvas a lo largo
de las márgenes de los ar oyos, los altos cipreses orientales, los álamos de
Lombardía, higueras, etc.”.

Más adelante, aprovechando la hospitalidad que se le ofrece, tiene la
oportunidad de ingresar a uno de esos jardines. “En el patio hay dos grandes
naranjos llenos de fruta verde, cantidades de granados y de higueras; las
sandías crecen en el campo, son comunes los membril os de tamaño grande y
las manzanas también son silvestres. Las frutas más comunes son los
duraznos y las uvas”.



San Luis, la bel a


Arnold se siente a gusto en la capital de la provincia. Es recibido como
huésped en casa de un comerciante amigo de su compañero de viaje Bombal
con suma hospitalidad. Describe y enumera los manjares con que fue
agasajado: “Tomamos chocolate y sandías, pan en cantidad y un buen
almuerzo a la una, para terminar con dulces, uvas y duraznos. El mate
excelente, lo tomamos cuando recién l egamos y otra vez después del
almuerzo, le pusieron un poco de canela para darle más sabor”.

Sale a caminar, recorre las calles principales y dictamina: “esta ciudad tiene
unos 5000 habitante, es la capital de la provincia y lo mejor que he visto hasta
ahora en las pampas. Las calles son en ángulo recto como de costumbre, muy
anchas; las casas de ladrillo y de tapia (compuesta de arcilla y guijarros),
muchas revocadas y blanqueadas, por supuesto que todas de un piso. La plaza
es grande, a un lado los cuarteles, al otro la iglesia. La ciudad es muy buena
para la capital de una provincia muy pobre y en medio de las pampas”.

Sin embargo, sigue molestándole la escasa locuacidad de los lugareños:
“Nadie, entre la gente del pueblo, sabe la edad que tiene; a muchos se lo
pregunté y la repuesta es quién sabe, dos palabras que parecen limitar la
inteligencia de toda esta población respecto a cualquier cosa fuera de su rutina
diaria”. Parece que la frustración a su afán de indagar le causa un gran
disgusto.

En los diversos pasajes en los que describe reuniones sociales –ya sea en
alguna posta o en la ciudad- es señalado como un hecho habitual el que las
mujeres jóvenes tocaran la guitar a y cantaran, como homenaje y agasajo a los
viajeros.

“Esta mañana –escribe el día 25, cuando recor e la ciudad de San Luis
junto a Recuero- entramos en una casa, nos presentamos con toda libertad
como de costumbre y pronto las jóvenes se pusieron a tocar la guitarra. Una de
ellas salió al jardín y nos trajo una flor a cada uno, nos mostró el hermoso
bordado o mas bien la puntilla que hacen en todo este país y fue muy amable
en todo”.



En marcha otra vez

El riguroso camino que lleva a Mendoza es el último dato que Arnold deja
de nuestro territorio. Se trata de 22 leguas: nueve hasta la posta de Balde y
trece hasta Desaguadero: “a pesar de tener una buenas yuntas de cabal os,
todos blancos, grandes y fuertes, cambiamos tres veces”.

Rumbo al límite con Mendoza el grupo de viajeros se topa con un intenso
tráfico de car etas. Se trata de caravanas que hacen el flete de los productos
elaborados en Mendoza para comercializarlos en Buenos Aires: “vimos un
pequeño remolino de viento que levantaba una columna de polvo a gran altura
(…) Encontramos una fila de 27 mulas. Van cargadas de harina y fruta seca.

Las nubes de polvo que levantaban alarmaron a algunos compañeros míos que
al principio pensaron que podían ser los indios”.

Anota además la presencia de algunos ejemplares de la fauna: “Hoy vimos
muchas águilas grandes y en Balde tenían una pequeña chuña, un pájaro que
crece mucho, tiene plumaje gris y es muy feroz”. Arnold se sorprende al
conocer que la chuña es domesticada pues tiene la capacidad de anticipar la
lluvia: “Es curioso este pájaro como barómetro, pues anuncia siempre la l uvia
el día anterior por un grito muy especial”.

Anota también la abundancia de avestruces “hay muchas por aquí y se
cazan con las boleadoras, que son parte del material de cacería de todos los
ranchos”.

Ya en la posta de Desaguadero, se detiene a observar un rebaño de
cabras, mientras aguarda el momento para partir hacia el río Desaguadero,
ultimo punto dentro del territorio provincial.



CAPÍTULO VI

León Pal iere (año 1858)

León Palliere, el gran artista francés, en su libro “Diario de viaje por América
del Sur”, cuenta su entrada a la provincia de San Luis luego de dejar la posta
de Achiras, en marzo de 1858.

“Partimos de Achiras en medio de un fuerte viento. Montañas en el
horizonte. Hasta hace algunos años, este lugar era el más expuesto a las
invasiones de los indios. Nos detenemos para que los postillones reemplacen a
los caballos en la Posta del Portezuelo, que se halla sobre la derecha, a un
cuarto de legua de camino. Nada la delata desde lejos”.

Palliere refiere los pormenores de la jornada: “Dispongo mis provisiones
sobre el suelo y me dispongo a comer. El grupo almuerza alegremente. Los
peones han ido a cambiar los caballos”.

“Proseguimos la ruta, -escribe ahora-, Don Guillermo ha tomado la
delantera, se pierde el conde de vista, va a encargar en la próxima posta, que
se encuentra a algunas leguas, un caldo y un asado”.

“A una legua se ven altas montañas y hacia el as nos dirigimos. Hemos
llegado al Morro”, anuncia.

Al entrar al pueblo, Palliere se detiene en una imagen sorprendente: “En el
centro de la plaza del pueblo se encuentra un carruaje pintado y dorado, que

cubre una muy pintoresca tienda, improvisada con palos, frazadas y chales;
verdadera decoración ambulante. Es el coche de la “prima dona” Edelmira, del
tenor Guglielmini y de algunos otros artistas del teatro italiano de Santiago que
se dirigen a Buenos Aires”. Esta descripción, vista con ojos actuales, parece
tomada de una escena fellinesca o de una página de García Márquez.

“San José del Mor o –prosigue Palliere-, es una pobre ciudad, y saliendo de
ella el aspecto es salvaje”. Montones de rocas resquebrajadas se entremezclan
con árboles achapar ados y con grandes zarzas, montañas al fondo y a los
lados.

Inmediatamente, el viajero refiere el arribo a la siguiente posta: “Llegamos a
la posta de Los Loros, es aquí donde debemos pasar la noche. La componen
dos malas chozas y un grupo de algarrobos”.

El hambre acicatea a los viajeros, de modo que matan dos corderos, un
carnero y una pava, y los alistan para colocarlos sobre el fuego.

“El carnero para los gauchos y los dos corderos para nosotros, uno asado y
el otro hervido”. El extranjero aclara que es el único buen asado que ha comido
durante el viaje.

“Ningún alto en la noche ha sido tan poético como éste”, enfatiza, y en
forma muy plástica describe lo siguiente: “cerca de los ranchos hay dos
fogones; en uno se cocina nuestra comida y el otro la de los peones” (…) “Los
gauchos, matando y degollando los corderos, los árboles iluminados por
debajo; grupos lejanos que se destacan al resplandor de las llamas y que luego
se pierden en la oscuridad, y por encima del cielo, con su negro manto
tachonado de estrellas”.

La falta de las comodidades de la civilización, más que molestarlo parece
regocijarlo: “No falta a nuestra comida color local, pues tenemos sólo un plato
para dos o tres. Nos traen el caldo en una grande y honda fuente enlozada…
Nos hallamos todos de pie en torno de la fuente, zambullendo por turno
nuestras cucharas”.

“Luego colocamos los colchones bajo los algar obos. Los pavos que se
hallan sobre nuestras cabezas no abusan de su posición”, comenta con humor.

El descanso se interrumpe a la madrugada: “Nos levantamos a la luz de la
luna. Tomamos mate cerca del fuego. Llegan los caballos y partimos al
amanecer, rodeados de montañas. Existen pajonales. El ter eno está húmedo y
cubierto de agua en cierto sitios, por las lluvias recientes”.

“El país se transforma poco a poco por completo, hay mator ales y el
terreno es arenoso y con montículos”. Los pastos, dice Pal iere, “son muy
malos, se ven algunos árboles y creo que los mismos pajonales aumentan de
tamaño, existe también una especie de mimosa”.


Tras correr algunas leguas, Palliere apunta: “Llegamos a Río Quinto”, y
describe en forma casi fotográfica el cruce del río. “Bajamos del coche para que
cruce el río libre de pasajeros. Nosotros lo pasamos a la grupa de un gaucho.
Descendimos de las cabalgaduras haciendo a pié el camino hasta la posta, que
se halla a cien metros”.

La posta de Río Quinto consiste en un par de ranchos, algunos árboles y
unos corrales, según observa Pal iere. El río, dice en sus notas, es ancho,
“pero apenas tiene dos pies y medio en los lugares más profundos. El lecho es
de arena y en las orillas tiene árboles y marañas”.

Vale la pena detenerse en el siguiente tramo del relato en el que Palliere,
excelente pintor y escritor, describe una de las más bel as escenas del viaje. A
juicio personal, el pár afo rememora vívidamente un cuadro de Sorolla: “Dos
niñas de cabel era suelta de unos trece años de edad, se bañan y nadan
desnudas en compañía de un niño. Entramos en el agua para bañarnos
también, retirándose ellos hacia la otra orilla, lo más lentamente posible; y
después de echarse sobre las espaldas una prenda cualquiera, se ocultaron
entre los arbustos para vernos mejor. El agua es excelente, la corriente muy
fuerte, la arena está caldeada. Sentándonos en el agua, sumergidos hasta el
cuello, nos dejamos llevar por el río. Es soberbio”.

El encanto con que describe cada uno de los instantes, la magia que reviste
cada detalle del paisaje y el asombro con que apunta los hábitos y costumbres
de los naturales del lugar, son constantes a lo largo de la obra. Tras haberse
refrescado en el río, Pal iere escribe: “Volvemos a nuestro cuartel general.
Tomamos mate y luego cenamos caldo y cordero asado. Nuestras tres camas
han sido colocadas en tierra, bajo un grueso algarrobo, siendo así el
campamento más original que de costumbre. Tomé una vela de mi maletín y la
puse en una botella vacía, colocándole un papel alrededor para que el viento
no lo apagara”.

Bajo el cobijo del árbol, la velada continúa: “Tendidos en las camas,
bebemos ‘grog’ conversando y fumando; el tiempo transcur e así dulcemente y
la charla se extingue por sí sola, mientras la quietud de la noche se desposa
con el débil murmul o de las aguas del río”.

Nuevamente retoman la marcha “por un camino cada vez peor”, lamenta
Palliere. Nos dirigimos hacia las montañas de San Luis. Llegamos a la Posta de
Los Cerrillos, de Andrés Osorio, algo alejada de la ruta, tomando sobre la
hierba un frugal alimento, como estábamos habituados a hacerlo desde nuestra
partida. Nos hallamos muy próximos a las montañas de San Luis, cubierta de
árboles”. Esta característica del paisaje, dice, le recuerda a Brasil.
Probablemente sea por los montes de molles que recubren las laderas de las
sierras.

En este lugar el vehículo en el que viajaba León Pal iere tiene un vuelco.
“Ayudamos a los peones a levantar el coche. Logrado esto, y mientras los
peones vuelven a cargar, tomo la delantera a pies pues no hay sino una legua
hasta la ciudad”.


Es muy interesante la información que va incorporando en su recor ido
hacia la ciudad de San Luis. El camino es muy malo. Palliere se queja diciendo:
“Que decir de ese cretinismo que hace que una provincia no pueda ar eglar el
camino a una legua de lo que ella denomina su capital”.

“La ruta actual es un sendero a través de la maleza entre las que sólo
puede pasar un coche, y siendo una de las huellas más altas que la otra, es
forzoso volcar por despacio que se pase (…) El camino tan malo, se compone
cuando pasa una tropa de carretas”.

La marcha a pies es dificultosa, el suelo es arenoso y los pies se hunden
constantemente; todo es maraña y grandes plantas. Pero esto no impide que
Palliere continúe observando curiosamente, como lo ha hecho hasta ahora.
Recoge unas flores, recuerda haber escuchado que su nombre es Reina de la
Noche, variedad rara y estimada en Europa. Es probable que se trate de
nuestras Damas de Noche, flor grande, blanca y del tamaño de cuatro o cinco
camelias.

Finalmente, llegan al “hotelito”, l eno de sorpresas e incomodidades, para
los pasajeros que pretenden encontrar elementos de confort totalmente
ignorados en estas tierras. El viajero debe siempre llevar consigo su colchón y
la ropa de cama, pues de lo contrario tendrá que pasarse sin el a.

Les entregan el cuarto principal: “…Además de los cuatro cabal etes, hay
dos mesas unidas, una más alta que la otra, de madera blanca en otro tiempo”.
“El suelo es como Dios lo hizo, en el techo se ven las vigas y las cañas que lo
sostienen”.

Por orden del gobierno nacional, la diligencia debe permanecer en el lugar
veinticuatro horas para distribuir y recibir la correspondencia. Se quedan por
consiguiente, dos noches. Aprovechan este tiempo para componer el coche y
pasear por San Luis.

“Magnífica miseria pero bel a vegetación, los jardines son encantadores,
aunque la gente no ha hecho nada por ellos. Advierto, sobre todo, higueras
cuyas ramas trepan sobre las puertas y caen hasta la calle, álamos, sauces
llorones, y una especie de árbol muy grande y hermoso, con hojas finas, cuyo
nombre ignoro”. ¿Será nuestro admirado aguaribay?.

En los pár afos siguientes, Palliere hace gala de un gran poder de
observación y captación del sentido edilicio. “Las casas y los cercos de los
jardines son de adobe, tierra pisada, lo que no debe ser de larga duración, y
forzosamente se contemplan ruinas”.

Tampoco escatima juicios de valor, y fustiga:”Esto es bien demostrativo de
la ignorancia de esta provincia, que podría fabricar buenos ladril os o servirse
de la piedra de las montañas, que se hal an a menos de una legua”.


Ahora se interesa por unos gauchos corriendo carreras, que descubre en
una de las calles aledañas, vestidos con trajes de colores muy variados,
“mucho más que en otras provincias”. “Las car eras se suceden rápidamente”,
observa, “el cabal o es siempre montado en pelo –costumbre tradicional en
todo el Plata-, y sobre calles de arena, para evitar las rodadas”.

“Muchos espectadores se hal an montados de a dos en un mismo animal
formando grupos encantadores. “Se ven niños que cor en y las apuestas
consisten en uno o dos reales cincuenta centésimos a un franco”.

Palliere y sus compañeros de viaje se quedan admirados y califican de
“increíbles” las actitudes que toman los gauchos en los cabal os: se doblan, se
sientan, se vuelven como si estuviesen en tierra, sobre la hierba. Desde la
perspectiva de un europeo, ver a estos hombres jóvenes montados en pelo y
dominando totalmente el equilibrio y haciendo figuras de mucha plasticidad,
realmente es un espectáculo novedoso. “La posición ordinaria es la pierna
sobre el pescuezo del caballo, propio o en el vecino. Esto se hace todavía e
ignoro lo que no son capaces de hacer”.

Vuelven al Hotel a las siete para cenar “lo mismo que todos los días: un
trozo de carne de vaca duro como un cuero, puchero –que no tocamos-, caldo,
la mejor cosa de la cena”. Prosigue el menú: “Además de lo habitual hay carne
‘Stufatine’, plato italiano como el dueño de casa; ensalada de cebol a cruda y
tomate, condimentada con el más hor ible aceite español, y un postre
excelente: uvas y duraznos”. El vino no les gustó, y lo hicieron sacar de la
mesa.

Después de comer, los viajeros encienden sus cigar il os y se disponen a
escuchar la retreta. Dice Palliere: “Ante la casa del señor gobernador, vemos
dos inmensos faroles colgados majestuosamente, de palos sostenidos por
gauchos. Además de esto, cierta cantidad de pequeños faroles iluminan un
círculo de músicos vestidos como el pueblo”.

“Dos directores de orquesta con traje militar llevan el compás, mientras que
alternativamente tocan la corneta a pistón o el clarinete. En cada uno de los
cuatro ángulos se halla un soldado con el sable desenvainado al hombro;
llevan bonete rojo, puntiagudo, poncho y chiripá, tienen la tez oscura, cabel os
largos y barba abundante”.

La mirada del extranjero se dirige ahora al público, particularmente al
femenino, y refiere: “En torno a los músicos se agrupaba el pueblo, muchas
criaturas de pié o sentadas en la cal e, detrás una cincuentena de mujeres. Dos
me parecían lindas –agrega-, pero la oscuridad profunda en que nos
encontramos es posible que las favorezca; pero las otras aún así me parecen
feas”.

Al día siguiente una violenta l uvia inter umpe la exploración de la ciudad y
obliga al inquieto Palliere a quedarse en su cuarto; también le impide hacer
croquis y dibujos de la ciudad.


Al cesar la lluvia se reanuda el paseo y también las sorpresas para el
forastero. Es interesante el diálogo que éste entabla con una mujer que se hal a
en la puerta de un jardín, quien le pregunta si hace “trueques de santos”.
Palliere, que lleva bajo el brazo una pequeña cartera, reflexiona para sí “No
tengo nada que me asemeje a un vendedor ambulante”.

“Conversó un momento con nuestra brava mujer. Parece que un santo
nuevo vale más que uno viejo, y dan uno viejo a cambio de uno nuevo”. “Con
todo, es un curioso negocio”, -opina-.

Continúa andando y se encuentra con un grupo de personas que deben ser
autoridades en traje de ciudad. Llevan botones de oro y pantalones de paño
con franja de terciopelo y flores bordadas; tela europea realmente fabricada
“para los elegantes de San Luis”.

Palliere ya ha colmado su curiosidad con respecto a la ciudad de San Luis,
y desea ponerse nuevamente en camino hacia la siguiente posta.

Los preparativos de la partida se inician con una lentitud exasperante, pues
“los peones parecen atados a esta hor ible ciudad”. Hacen algunas leguas por
caminos muy malos, y deben bajarse dos veces del coche.

Llegan a la Posta de la Cabra, donde la dueña “es una mujer que tiene
reputación de mala bruja”. Hablan de indios –la mujer le cuenta que hace cinco
años que no aparecen por la zona-.

Continúa el viaje hasta la posta siguiente, “marchando entre grupos de
algarrobos; el terreno es arenoso, enorme cantidad de caza se levanta a
nuestro paso y veo, entre otras aves, perdices con cresta”.

Llegan finalmente a la posta, y este gran observador anota: “Un avestruz de
dos meses anda con unos pavos, por lo que parece aún más pequeño”.

Pero su mirada queda atrapada por una escena mil veces más agradable y
muy nuestra: en medio de este paisaje agreste y protegida por la humilde
edificación, una mujer teje un poncho. “La técnica no puede ser más primitiva.
A su lado hay un niño en una cuna suspendida. Nada más simple ni más
encantador”.

Enseguida llega la noche y el grupo hace sus preparativos para pernoctar
casi en la oscuridad. Instalan sus cosas lo más lejos posible del rancho porque
dentro, dice Palliere, “esta l eno de insectos”.

“El cielo felizmente se hal a cubierto de estrel as (…) y todo el mundo
duerme afuera, incluso la señora Natividad y su hija (…). Las mujeres y los
niños de los ranchos hacen lo mismo, creo que por hábito, pues al aclarar el
día veo a los niños durmiendo en grupos sobre la misma almohada”.

Otro detalle minuciosamente referido: “Una gal ina abriga a sus pol itos casi
tocando a los chicos con las alas, un perro enroscado les hace compañía, una

bacinica floreada completa el poético grupo. Las mujeres se encuentran
acostadas más o menos en la misma forma”.

Observaciones como ésta, abundantes en el capítulo que comentamos,
dedicado a la provincia de San Luis, ponen en evidencia el inmenso interés que
despertaron en Palliere los detalles cotidianos de la vida rústica de nuestra
campaña. A esta curiosidad secundaba el ansia por registrar todo, a través de
sus notas de viaje, con la mayor precisión: “El muro de ramas –se refiere al
rancho de posta- se halla cubierto de riendas, cueros, carne seca, bolas,
bolsas, estribos y trajes viejos; un asador está calvado en la tier a. Es un
verdadero Tenniers que tiene también, en más de un aspecto, su tono
glorioso”.

“Partimos con el más bel o tiempo del mundo, atravesando a dos leguas el
río Desaguadero”. Así es como Pal iere y sus amigos dejan esta provincia.


CAPÍTULO VII

Santiago de Estrada (año 1862)


Nuestro admirado escritor Santiago Estrada, hermano de Ángel y del
extraordinario maestro José Manuel, hace referencia a su paso por la provincia
de San Luis en su libro “Viaje y otras páginas literarias”, escrito en el año 1862.

Con elegante estilo y gran observación describe su paso por estos lugares y
no solamente nos aproxima el paisaje sanluiseño sino que nos transporta a
esos años tan caros a nuestra sensibilidad, al contarnos sus impresiones sobre
los hombres de estas latitudes con gran ternura. Aunque a veces es duro en
sus conceptos, el buen lector –para el que sólo el sentido de la bel eza, de la
armonía, constituyen el bien supremo-, siente al leerlo el palpitar de su
corazón. Un escritor sutil, con un recato que lleva a su prosa ese sentimiento y
esa hondura que da el andar por el mundo con la sensibilidad a cuesta…

Ya lo dijo Cervantes: “La vida es una peregrinación; quien no camina ¿qué
sabe de ella?. Y quien no sabe de ella, ¿podrá hacer o hablar algo que nos
interese ?.

Santiago Estrada es, por definición, escritor y su condición de creador no
oscurece al maestro por vocación que también vive en él.

“Las postas –explica-, son lugares donde se mudan los caballos o se pasa
la noche; el Estado subvenciona a los que se consagran a este servicio, que

desatienden hasta donde es posible descubrirlos”. Así da inicio a su relato, en
la parte del viaje en que pisa tierra sanluiseña rumbo a Mendoza.

“En la posta hay un cor alito de ramas, en el cual se toman los cabal os para
la muda, un pozo de agua salobre y dos ranchos: uno para alojamiento de los
pasajeros y otro para habitación del l amado maestro”. “Los peones duermen
bajo la ramada en que se cocina o debajo de la diligencia que conducen”.

La jornada inicial culmina. Estrada reseña las impresiones de esa noche
que pasa tendido en el cuarto de huéspedes, mirando la claridad de la luna que
se cuela por el hueco de la ventana sin vidrio. Al amanecer los viajeros son
despertados por el conductor de la diligencia. “Mestizo de reducida estatura y
doctor en pereza”, califica el escritor. “La diligencia era como todas las
diligencias, salvo que la manejaban ocho postillones, cargados de años, de
hambres y de mañas”.

Continúa el cruce por San Luis y, a bordo de su vehículo, Estrada observa y
escribe: “Sorprendíamos de cuando en cuando alguna familia de ‘huanacos’, o
encontrábamos de hora en hora alguna tropa de car etas”.

Al caer la tarde, y mientras se aproximaban al lugar donde debían dar por
terminada la jornada, ven aparecer sobre el horizonte la silueta de un
compacto grupo de jinetes que galopan en dirección a la diligencia.

Son más de cincuenta gauchos y los pasajeros que viajan junto a Estrada –
entre los que se encuentra un canónigo de la Catedral de Paraná, un poeta
escritor de drama, y otros personajes se intranquilizan, pues cree que van a ser
asaltados.

El mayoral los apacigua: “No hay motivo de alarma, están jugando
carreras”.



Un fogón en San Luis

La diligencia se detiene. Estrada y sus compañeros de viaje descienden del
coche y son rodeados inmediatamente por los gauchos, que los observan con
gesto adusto. Pero cuando descubre la presencia del cura, todos desmontan y,
dice el escritor, “empiezan a saludarlos y pedirle la bendición”. Las
exclamaciones continúan: “¡paire!”, “¡mi pagre!”, “¡el curita!”, y sobre todo los
innumerables “¡mi señor!”, “¡el que me casó!”, “¡el que me bautizó el
muchacho!”… Y enternecido Estrada registra esta escena, digna de ser
representada y reconstruida, ya que llega intacta desde nuestro pasado, donde
se manifiestan con la mayor autenticidad los sentimientos religiosos de los
habitantes rurales.

“Como por ensalmo –celebra Estrada-, apareció un fogón, sobre el fogón
una marmita, y junto a la llama de la leña, un asado”.


Consideramos necesario en este punto, aclarar el significado de la palabra
“ensalmo”. Se trata de un modo supersticioso de curar con palabras mágicas y
gran aplicación empírica de medicina. Hacer una cosa como por ensalmo es
hacerla con prontitud y “por arte de magia”.

“Aquel os buenos hombres –continúa-, sospechados por nosotros de mala
intención, se reunieron al amor de la lumbre a esperar al canónigo que, de
regreso a sus pagos, les iba a hacer el honor de presidir el fogón”.

Comieron en una mesa de tres pies “traicionera y maligna”, que a cada rato
se echaba al suelo, y sentados en escaños de adobe que “de puro sólidos no
hacían ver las estrel as”.

“La luna se alzaba en el confín izquierdo del horizonte, tan pálida que
parecía enferma. Un cielo azul y transparente, salpicado de puntos luminosos,
cubría el cuadro. Los lejanos balidos de los rebaños de cabras, mezclábanse
con los incomprensibles rumores de la soledad”.

“Una que otra luz revelaba la existencia de otros hogares en torno a los
cuales quizá se hablaba de amor, y cuya l ama secaba tal vez las lágrimas del
gaucho soldado”.

Así Estrada comprende el mágico significado de esa l ama escribiendo: “La
luz del fogón campesino siempre inspira tiernos sentimientos”. Y reflexiona: “La
esposa que no tiene para el hijo de su amor otra cuna que sus brazos
desfallecidos, el pastor miserable y vagabundo, el payador que entristece el
campo con las notas de su guitarra, y el gaucho desertor de los ejércitos,
encienden esos fuegos de la única hora en que son libres y felices”.

“El fogón, añade, es su centro social y el fuego el único amigo que los
acalora… Es inspiración, amor, esperanza, cuando arde en el campo
desheredado”.

Sentado junto al fogón los ocupantes de la diligencia y el grupo de jinetes
conversan animadamente. Estrada describe el momento con pluma austera y
cautivante: “después que tomamos el alimento que nos habían preparado, leí a
mis compañeros algunos fragmentos del “Facundo” de Sarmiento, y de “La
Cautiva”, de Echever ía, libros que siempre me acompañan en mis viajes”.

“El Facundo”, opina Estrada, ejercitando también la crítica literaria, “es el
cuadro gráfico de la pampa, es la filosofía de nuestra tempestuosa historia”.
Dice luego de la obra de Echeverría: “La cautiva es la voz de la soledad, es el
alimento del pampero, es el espejo del alma ardiente del poeta, que refleja el
alma del morador de la pampa”.

Pues bien, aquellos gauchos que rodeaban al literato lloraban al escuchar la
lectura del Facundo, y sonreían y suspiraban al escuchar los versos de la
Cautiva. El espíritu er ante de estos hombres pudo captar, en las palabras que

leía Estrada, una revelación incuestionable del arte, y la sensación de la
verdadera belleza.

A raíz de ese encuentro, Estrada dice en 1862: “El hombre del campo es
susceptible de educación y perfeccionamiento, porque su corazón es noble,
porque la curiosidad aguijonea su espíritu, porque las sombras en que vive no
son las sombras de la muerte eterna”.

Finalizada la velada literaria, “los hombres tomaron sus guitar as y
entonaron algunas coplas, tiernas como sus historias, y sencillas como el
perfume del trébol”. ¿Serán nuestras queridas tonadas?.

“Me dormí contemplando la luz de la luna que penetraba por la ventanil a de
la posta”. Así el cronista pone punto final a la jornada más rica en impresiones
sobre los caracteres humanos de esta provincia que hallamos a lo largo de su
relato.

Por el contrario, nada nos dice el viajero de su paso por la ciudad de San
Luis, a pesar de que apunta que se detuvieron por la lluvia dos días, y al
tercero reanudaron la marcha hacia Mendoza.

Continúan el camino. Estrada toma nota de un hecho que despierta su
interés, y que para el hombre contemporáneo resultaría mucho más curioso
aún: “En los árboles del camino encontrábamos alcancías formadas con cuero
de vaca, destinadas a recoger limosna para costear sufragios a las ánimas”.

Luego se encuentran con arreos de mulas que conducen al litoral
cargamentos de pasas de uva y orejones de duraznos. La vestimenta de los
troperos que conducen al arreo es descripta detalladamente: “Los troperos
perfectamente emponchados y con las piernas cubiertas con guardamontes,
seguían el paso indolente de los pacíficos animales, guiados por la campanilla
de las yeguas que los preceden en la marcha”.

Más adelante anota: “En la Posta de Balde encontramos una pastora que
conducía un rebaño de cabras: llevaba la cabeza cubierta, un callado en la
mano y los ojos fijos en la tierra. Parecía pertenecer a una tribu fugitiva y que
se hubiese separado de sus compañeros por no poder seguir sus pasos, más
ligero que el de las cabras fatigadas y hambrientas”.

Cabe señalar que Estrada era el escritor más castizo de su época, así que
no debe extrañar el empleo de los términos “pastora” y “cal ado”, que se
corresponden con “campesina” y “bastón”, respectivamente.

En San Antonio, última posta en ese entones en suelo puntano, pasan la
noche. “Como nos encontrábamos en vísperas del aniversario del ter emoto de
Mendoza, y las gentes cuyanas abrigan la preocupación de que las
convulsiones subterránea son periódicas y ocur entes en fecha fatal, las
mujeres y el maestro de posta sacaron sus camas del rancho en que dormían”.
Recordemos que el terrible terremoto que destruyó la ciudad de Mendoza se

produjo en la noche del 20 de marzo de 1861, o sea justamente un año antes
del momento que Estrada relata.

“Nosotros, que no quisimos imitarlos, -dice Estrada refiriéndose a la
decisión de dormir al sereno-, nos levantamos más temprano que los tímidos
dueños de casa”. Y al í observa el escritor un gesto l eno de pudor y
delicadeza, donde se pone de manifiesto el amor y el celo filial en uno de los
rudos hombres que guardaban las postas: “Cuando salimos de nuestro cubil
despertaba don Antonio, el maestro de posta, el cual, después de vestirse y
para evitar que nuestras miradas se fijaran en sus hijas, se colocó mientras se
vestían, delante de cada una, y abriendo los brazos improvisó con el os y su
poncho un biombo en forma de murciélago clavado con alfileres”.

“El buen padre –agrega, un tanto despectivamente- a quien el cariño
cegaba, podía haberse ahor ado el trabajo que se tomó, porque ninguno de
nosotros pretendió sorprender encantos que debían cor er parejos con el caldo
y el asado que nos habían servido la noche anterior”.

A continuación se inician las tareas para continuar viaje, y todos los
pasajeros se alegran cuando los peones les anuncian que el coche estaba listo.
“Pocas horas después –dice Estrada- atravesábamos el Desaguadero y
pisábamos, por consiguiente, el ter itorio de Mendoza”.

Culmina en el límite geográfico el relato sobre nuestras tier as, pero antes
de que el coche se interne definitivamente en la huella mendocina, prestemos
atención a la voz de Estrada que detal a sus impresiones sobre el paisaje de
esta zona limítrofe:

“Atravesamos, decía hace un momento, el Desaguadero, dejando a la
izquierda las ruinas del puente que comunicaba las orillas de este río y que fue
despedazado por la montonera. A nuestra derecha y a pocas cuadras del río,
encontramos una casa casi destruida en cuyos corredores graban su nombre
todos los que pasan o se acogen a su sombra”.

“Este edificio y el puente del Desaguadero recuerdan al transeúnte el paso
de la montonera, señalando en todas partes con la ruina de lo material y la
decadencia de lo moral”.



CONCLUSIÓN

- El recorrido que hemos efectuado por los caminos de nuestra provincia ha
tenido como objetivo como encontrarnos con nosotros mismos. Todo lo
relatado es parte del difícil proceso de hurgar en lo ya ido, con la convicción de
que el presente y el futuro están condicionados por el pasado.

- No siempre la comprensión profunda de nuestro pasado va a resultarnos
grata. En algún momento rechazaremos determinadas interpretaciones,

nacidas quizás de generalizaciones precipitadas o de falta de información. Sin
embargo en muchas oportunidades nos será fácil apreciar un verdadero amor
en estos extranjeros por nuestras costumbres, hecho digno de mención en
personas que sólo de paso visitaron estas tier as, y que por su formación
cultural o sus creencias no parecían predispuestas a mirar lo nuestro con
amabilidad.

- Por esta razón repetimos lo que dijimos al comienzo de nuestro trabajo. Es
necesario rescatar a través de la memoria y la investigación el papel
fundamental de la provincia de San Luis, su geografía y sus habitantes, en el
transito que por el denominado “Camino Real” hicieron numerosos
trashumantes durante décadas. Demostrando por medio de la investigación,
que el pasado de nuestra provincia posee un rico acervo de tradiciones, de
ésta manera comprenderemos la identidad particular y diferenciada que posee
San Luis, que la hace diferente del resto de las provincias argentinas.

- La misteriosa fusión de hombres y paisajes se adueñan de nosotros y nos
permite comprender que haya sido San Luis un lugar que atrapaba el interés de
estos escritores andantes, que sabían observar: la adustez de las tierras, la
hospitalidad de los hogares, la belleza de las mujeres y la valentía de los
hombres.

- Las realidades pasadas, así comprendidas, nos permitirán penetrar mejor
en la médula de las presentes, olvidados de los superfluos.

- Con su agudeza característica Ortega y Gasset decía después de afirmar
que amaba intensamente el pasado: “Es conveniente volver de cuando en
cuando una larga mirada hacía la profunda alameda del pasado, en el a
aprenderemos los verdaderos valores; no en el mercado del día”.

Basta agregar que es solamente desde el afecto como debemos
comprender la existencia pretérita de nuestra tier a, para proyectarnos sanos,
sin rencores, hacia el futuro.

* * FIN **